1489. EL CHOCOLATE DEL LORO
Javier Cabello Urquia | Maturin

Maribel y Fermín viven juntos en un modesto apartamento del centro de la ciudad, distribuido en una sola estancia. Justo en una esquina, se encuentra la jaula de Duque, un loro real color verde esmeralda. Desde allí, lo vigila todo.

Hace un mes a Fermín le salió el azúcar por las nubes y ahora le han impuesto una dieta estricta. Maribel le mantiene a raya. Antes se atiborraba a chocolatinas cada tarde, e incluso las compartía con Duque. Ahora él come sano y el loro solamente pienso. Por eso, cada vez que se acerca a su jaula le mira con ojos desafiantes.

Hoy Fermín ha dicho basta y en ausencia de Maribel ha bajado a la tienda a por chocolate. Antes de que volviese su mujer, las ha guardado al fondo del armario de la cocina, detrás de la harina. Al terminar su fechoría, se marcha al bar, como todas las tardes. En cuanto Maribel entra por la puerta, la voz de Duque resuena en el salón:
—¡Fermín! ¡Chocolate! ¡Armario!

Maribel encuentra las chocolatinas y las tira a la basura directamente. Al día siguiente, Fermín, con mono de azúcar, descubre que su alijo ya no está. Le sorprende que Maribel no le haya echado la bronca. Va a la tienda a por más chocolate, devora una tableta incluso antes de pagarla y repite la operación del día anterior, esta vez escondiéndolas en un cajón del armarito de las escobas. Fermín baja al bar, Maribel entra por la puerta minutos después y la voz de Duque suena de nuevo:
—¡Fermín! ¡Chocolate! ¡Escobas!

Se vuelve a repetir la misma historia. Fermín no encuentra explicación. Repara en que Duque le está mirando fijamente. Los loros no gesticulan. Pero es como si se estuviera riendo de él. Fermín empieza a sospechar de ese saco de plumas. Sabe que Duque es capaz de repetir algunas palabras, pero no de hablar por cuenta propia. Baja decidido a la tienda y compra dos kilos de chocolatinas. Nada más llegar a casa se las acerca a Duque para que las huela. Los pequeños ojos del animal se iluminan con chispas de colores. Fermín desmonta uno de los asientos del sofá, extrae el relleno e introduce dentro las chocolatinas. Lo vuelve a poner todo en orden rápidamente. Está seguro de que es imposible que Maribel encuentre su botín. A no ser que… Fermín da un portazo y sale de casa sonriendo.

Al día siguiente comprueba que las chocolatinas han desaparecido. Los gritos de furia se oyen por todo el vecindario. Cuando Maribel regresa a casa por la tarde, Fermín no se ha ido al bar como de costumbre. Está sentado en una silla, mirándola fijamente con una mueca de victoria. Maribel se percata de que en la esquina del salón no hay nada. Duque y su jaula han desaparecido. En su lugar hay una pequeña mesa de madera. Sobre ella, una pecera de cristal con un pececillo naranja que da vueltas en círculo sobre sí mismo.