El chuf chuf de los calderos
Ana Pardo Torres | SASTRE DE LA NOCHE

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El chuf chuf de los calderos es tan fuerte que apenas se oye la música. Ramón no está en su salsa, no es muy de soja, es más de alioli. Su bigote se arruga, está rodeado de gente que hierve en una olla todo lo que le ponen por delante…. Le suena la tripa, solo lleva puesto un café rápido. Echa de menos haber bajado a tomarse su tostada con manteca acompañada de lectura de periódico. Observa su alrededor, nadie ha notado el rugido, la mayoría son jóvenes que acompasan risas con sorbos de fideos.



Miguel está apoyado en un reposabrazos del metro. Mira de reojo el mapa, le quedan dos paradas. Le gusta su reflejo en el cristal, se nota que practica yoga. Todo el vagón percibe el perfume de azahar de su rutina de acicalamiento. Se coloca las gafas rojas que contrastan con su atuendo negro. Repeina sus canas.

Ramón ve tanto humo que le recuerda a un spa. Espanta el humo como si fueran moscas. Su cabeza viaja a Budapest, volvería a visitar la ciudad de los balnearios. Piensa que, por ahí, todo es más fácil, se ha precipitado con la aplicación… Toca su medalla de oro y reza a su abuela, le pide que no sea una burla, que sea un hombre de su quinta, que le guste pasear de la mano…que le quite la soledad.



Miguel anda por la calle, ve su reflejo en los escaparates. Va con paso firme, se sabe el camino. Ya aprecia los colores del cartel con los farolillos. Le quedan diez metros. Sabe que llega tarde. Su cuerpo se tensa, vuelve a buscar su reflejo, esta vez en un retrovisor de uno de los coches aparcados. Se mira, se queda parado en cuclillas en mitad de la calle.



Los camareros van veloces portando grandes bandejas con verduras, carne cruda, pasta… Corren como si no les costara esfuerzo. Ramón está cansado solo de verlos, simula rascarse un hombro mientras se huele la axila. Su nariz explora, mientras sus ojos se clavan en una chica que hace aspavientos por haberse quemado la lengua. Al fondo de la sala, dos extranjeros gritan, no habrán elegido bien los platos o la compañía. Los camareros siguen en su quehacer como soldados asépticos. Uno de ellos, trasporte una fuente repleta de unos bollitos blancos con forma de conejos, desprenden un fuerte olor a cacahuete. Eso es veneno para Ramon, la última vez que los probó tuvieron que pincharle en urgencias.



De repente, una campanita avisa de que la puerta se abre. Ramón gira la cabeza con tanta fuerza que el cuello le da un pequeño calambre. Se miran, se reconocen. Parece que la música no suena, los vapores desaparecen… Solo están Ramón y Miguel. Sus ojos se encuentran, están a gusto de verse, como si se conocieran de antiguo. El tiempo se ralentiza, ellos avanzan, el uno hacia el otro.