EL CIELO EN SUS OJOS
ANA VILLANUEVA HERNÁNDEZ | YIS ZIGAN

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Aliso mi falda con la mano libre antes de bajar del autobús. Las piernas me tiemblan escalón a escalón al ritmo de cada latido desbocado, como un caballo salvaje que trata de salir por mi boca, directo desde el corazón.

Recorro Serrano con un trote loco y a cada paso mis labios ensayan sonrisas tratando de dibujar el sosiego que no consigo hallar. Tus letras me bailan, atraviesan mi mente dibujando el momento en que por fin leí tu propuesta de cita. Ocho meses sin saber más de ti que tu alma escrita. Doscientos cuarenta y cuatro días saboreando tus letras, imaginando tus caricias, el color de tu voz y el roce de tus palabras.

Me busco el reloj sin encontrarme el pulso. «No importa la hora. Voy a llegar pronto. No puedo evitarlo. Las ganas me llevan»

La fachada impone majestuosa como el día. Escucho mi pecho desbaratado más que el tráfico a esta hora. Asomo mis nervios a la entrada y vuelvo a salir. Mi reflejo en el cristal del gran ventanal me pide que entre y busque la mesa que tú indicabas con tanta ilusión. Me empuja una impaciencia que siento traicionera. Me pesan los pies, las manos mojadas. Todo lo que temo es ser engullida por una realidad que mate mis sueños. «¿Te reconoceré? ¿Serás como creo?». Ni una sola imagen en mis expectativas. Si se rompe el hechizo al encontrar tu mirada ya no habrá esperanza, quedaré congelada.

Camuflo mi miedo detrás de mi espalda, la tripa me aprieta, cruzo la entrada. Camino sin pasos y al fondo de la sala, el cielo me mira y el mundo se para. Tus ojos me elevan, me han salido alas y vuelo envuelta en magia hasta tu mirada. El mármol bordea como nubes blancas y en el techo alto me siento un hada.

En el restaurante no veo ni un alma, no hay gente, no hay voces, no sucede nada. Me envuelvo en tu azul, me atrapa, me pierde, me guía, me esconde, no sé decir nada. Tú te has levantado mientras me mirabas. Sonríes, avanzas, te acercas con calma. Llego frente a frente y me besas la cara. El olor a vida ha invadido mis huesos. Ya no tengo habla. Me siento etérea, sin cuerpo, sólo alma. Imagino mi ser envuelto en tus brazos y posando el vuelo me encuentro sentada. Me miras, te miro. No hemos dicho ni una palabra. El mundo me sobra y tú me faltabas. Será esta la cita que aplaque mis ansias. Ya sé que eras tú. Soy yo quien buscabas. Empieza el tic tac del resto de nuestra existencia. Un rubor me obliga a bajar los ojos. Observo la carta y no sé leer nada. El cielo se ha abierto en el preciso instante en que tu mano ha rozado la mía sobre la madera.

—¿Cómo estás? —dices mientras tu risa me llena de sol.

Y deseo que esa música que articulas sea eterna.

—Nunca he estado mejor.