861. EL CLÁSICO
Miguel Ángel Escudero Eble | Tote Ceilán

Llegó el Día de Navidad. Y cuando mi padre propuso que jugáramos un partido de fútbol, después de fingir desgana y de quejarnos por falsas lesiones, empezamos a ponernos las espinilleras. La abuela se pintó la cara con sus colores de guerra. Después se enfundó sus botas nuevas. Sabíamos que mis primos pequeños solían morder en las piernas; y que mi tía Susana, la solterona, tenía un libro con más de 500 variaciones tácticas. Había tensión. A mi padre se le veía en el rostro. Él hacía las funciones de delantero centro, entrenador y (hasta ese momento) de capitán. Pero había decidido concederme la capitanía. Que delegara en mí las labores de capitán era un sueño cumplido. No me quitaba el brazalete ni para dormir. Llevé el brazalete puesto el día de mi boda. Y cuando me operaron de apendicitis. No podía estrenarme como capitán con una derrota.

Fue un partido duro. Muy feo. Lleno de barro y sangre. Mamá no vivió para celebrar la victoria.