El clima no perdona, pero tampoco pide perdón.
Mariana Alvarez Zubillaga | marialvazu

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La primera gota me cayó en la ceja. Recordé a la mujer que me pasó de lado anoche conversando con su perro: Mañana lloverá, Paco. Llegué como signo de exclamación a tomarme, con él, mi segundo café de la mañana.



Es de esos que pillas leyendo con concentración atlética, aparecí mientras llegaba al gol. Lo interrumpí diciéndole que hola, que perdón por llegar tarde, que moría de calor y que si sabía que llovería toda la mañana. Me recibió contento, con un beso calientito en el cachete. Sospecho que usó su libro como utilería, un amuleto para vacilar sus propios nervios y distraerse del hecho que llegaría yo, a despelucarle la cabeza.



Corrimos el riesgo de parecer la primera cita más cursi del planeta al decidir movernos en moto ese día color gris amenazante. En Madrid llueve con picardía y capricho, mis intentos de conversaciones serias con las nubes y los días azules siempre terminan burlándome con una sorpresa. Usé mi chaqueta de cuero favorita para sucumbirme ante el papel de mujer veloz, me sujeté a su cinturón y vi la ciudad rapidísimamente-bonita de camino al museo.



Quería desenredarle la lengua a ese desconocido que había visto hace meses en mi bar favorito, y por quién pregunté por dos razones, la primera, su guapura, la segunda, su casco de moto. Mientras él manejaba con su soltura de jugador de hockey profesional, fuí escribiéndole consultas y decretos con el dedo del corazón en el muslo, cambiando la caligrafía según me apetecía, indagando en mi colección mental de tipografías móviles y diccionario de sentimientos que aún no sé poner en palabras.



Las obras rarísimas nos convidaron a saborear nuestro gusto por el arte, cariño por la narrativa e importancia que le damos a las normas del buen oyente y buen hablante. Lo divino de andar en moto es estar al aire libre, lo no-tan-divino (que realmente es maravilloso) es que el clima no perdona (pero tampoco pide perdón), entonces realmente no hay nada que disculpar. Disfrutamos esa entrega deliciosa que te regala el no querer estar en ningún otro lugar del mundo más que en ese momento.



Algo descifró de todo lo que le dije con la mente, la boca y los dedos, al menos eso me pareció cuando me despidió emparamado repitiéndome dos veces “Adiós, guapísima”. Me sentí como cuando casi me ahogo en México a costa del Pacífico, tanto en el sentido literal (tenía la cara invadida de mechones empapados), como en lenguaje figurado (porque había una parte de mi que no quería salir de ahí nunca). Nos granizó en nuestro “hasta luego” mientras despejaba, ese momento de lluvia-helada-soleada impregnó un olor a cerezos en mi pelo que llevaré hasta la primavera. Quedamos en vernos de nuevo bajo las mismas condiciones y sobre todos los pretextos, con la promesa que él me regalaría un paseo por su barrio favorito y yo, más cariñitos en la parte de la pierna que da más cosquillas.