211. EL COLOR DEL DINERO
Jorge Lozano Vara | Keoki

Tres semanas de meticulosa planificación, el cómo, el vehículo, las posibles vías de fuga y una solución pensada de antemano a todas las posibles contingencias, el atraco sería a la 10:37 de la mañana del jueves. Sabían que era el día con menor concurrencia en la sucursal y la hora más tranquila.
El coche estaba parado ante la puerta del banco, al otro lado de la calle. El conductor, Moaro de nombre en clave, tras unas enormes gafas de sol de mujer que le cubrían casi todo el rostro, agarraba con fuerza el volante y miraba intermitentemente por los retrovisores. Los otros dos cómplices se pusieron una media y una gorra.
–¿Listo?
–¡Hm!
Salieron decididos del coche. Morao se quedó dentro del coche, revisando que todas las palanquitas que había tras el volante estuviesen en la posición correcta. Los otros dos cruzaron la calle, pero a mitad de camino uno de ellos dudó.
–No, no, no estoy listo, Carlos.
–¡Que no me llames Carlos! ¡Que soy azulete!
–Ya, ya lo sé y yo soy rojillo, pero que no.
Rojillo agarró del brazo a Azulete se detuvo en mitad de la calle, ambos llevaban una pistola de juguete en la cintura, entre el pantalón y la cadera, iba pintada de negro para que pareciese real, pero la pintura estaba todavía algo fresca y estaba oscureciendo los pantalones de ambos.
-Ahora no, eh. Mira que has tenido tiempo para pensar.
Rojillo notó como le temblaban las piernas, dio media vuelta y abandonó a Azulete. Al meterse en el coche Morao intentó salir rápido, tan rápido como había visto en las películas, haciendo las ruedas chirriar y el motor aullar, pero se le caló el coche. Mientras intentaba arrancarlo otra vez se dio cuenta de que sólo había entrado uno de sus cómplices.
–¿Han pillado a Morao?
–¡Pero si Moaro eres tú! –Le dio una colleja–. ¿Y qué haces? ¿Se te ha calado? –Le dio otra colleja–. La virgen santa…
–Que no me des más que me llevo el coche y atracáis en autobús.
No más de veinte segundos después Azulete entró en el coche y Morao, que no había arrancado aún, reaccionó, arrancó y salió pisando el acelerador a fondo. Mientras Morao esquivaba el tráfico Rojillo se giró en el asiento y miró a Azulete, no llevaba nada en las manos y tampoco había nada sobre los asientos.
–¿Qué has hecho?
Azulete negó con la cabeza. Morao conducía cada vez de una manera más brusca.
–¿Pero nada?
–Nada.
–¿Por qué?
–Es que el banco…
–El banco, ¿qué?
–Es que es mi banco, no voy a atracar donde luego voy a llevar el dinero.
Rojillo se tapó la cara con las manos, cuando se descubrió se giró hacia el conductor.
–Para, Morao, que hemos fracasado.
–Ahora no, la policía nos está siguiendo.
El coche se incorporó a la carretera, a más de ciento cuarenta kilómetros por hora, y tras ellos el coche de policía.