El concierto
Mercedes González López | merchitag

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Estaba preparada. Solo faltaba una hora para su intervención. Hacía mucho que no había tocado en público. Desempolvó su violonchelo unos días atrás y, desentumeciendo sus dedos, comenzó a tocar de nuevo. Empezó con unos sencillos ejercicios, continuó con una melodía breve y terminó tocando durante horas sin poder detenerse. ¿Por qué dejó de hacerlo?, se preguntó una y otra vez.



Por fin, estaba preparada. Se vistió con un vestido largo, verde, alegre, y se calzó sus zapatos de tacón bajo. Se puso un poco de brillo en los labios y recogió su melena en un moño rápido. Se abrigó con una chaqueta y un pañuelo, la primavera había comenzado pero todavía hacía fresco para salir a cuerpo. Miró su reloj de pulsera: era la hora. Abrió la puerta y salió con determinación de casa. Lo iba a hacer bien.



Un aplauso fuerte y contundente brotó de las manos de los asistentes. Ella se sentó en su silla, colocó su instrumento entre sus piernas y respiró todo lo profundo que pudo intentando alejar los nervios que acudían a su estómago. La ovación no paraba, incluso crecía y se inflaba por segundos. Esperó un poco manteniendo la tensión.



Tras varios minutos, el sonido de las palmas empezó a aflojar. Había llegado su momento. Sus dedos comenzaron a moverse, su brazo hacía bailar el arco, la melodía empezó a sonar. Los vecinos sorprendidos dejaron de aplaudir, se miraban entre ellos preguntándose de dónde procedían aquellas notas. Algunos se habían dado cuenta y la miraban fijamente. Se fijó en la vecina del tercero que escuchaba su música mirando para otro lado, disimulando las lágrimas que sin poder evitarlo recorrían sus colorados mofletes. Tocó con decisión, sacando la fuerza acumulada aquellos días. La armonía llegó a su punto álgido, el público contenía la respiración. Hasta que llegando al final, en sus últimas notas, las palmas comenzaron de nuevo. Gritos y lágrimas contenidas que ya no podían aguantar más. Alguno le pedía que continuara…



Se levantó, agradeció los aplausos con un gesto de cabeza, y siguió tocando hasta que no quedó ningún vecino en su balcón. “Hasta mañana”, se dijo, y recogiendo el instrumento, cerró la puerta de su terraza hasta su próxima actuación, a las 8 de la tarde del día siguiente.