121. EL CONCURSO DE PEDOS
Aitor Bergara Ramos | Jardiel Poncela

No se sabe muy bien de qué absurda manera el tabernero Andoni Iribarren, propietario del bar “Relaxing cup of…” de Barakaldo (Bizkaia), les propuso a sus parroquianos sustituir el concurso gastronómico anual que solía amenizar las fiestas del barrio por un concurso, ejem… por un concurso de pedos. Pero lo que empezó siendo una broma entre amigotes acabó anunciado en carteles (tamaño DIN A2) junto con la promesa de un sustancioso premio.
Sea como fuere, después de una semana de nervios y distensiones abdominales, Karmelo —el marido de la lotera—, Peio —un camionero divorciado—, Mikel —ertzaina prejubilado— y Txema —catedrático de Filosofía Política de la UPV— se hallaban, en compañía de Andoni, sobre el rudimentario escenario que este había montado en la terraza del bar “Relaxing cup of…”
Previo justo sorteo, fue Peio quien rompió el hielo: “¡Kaixo, familia! Llevo una jodida semana bebiendo cocacolas, así que estoy a punto de reventar”. Acercó el trasero al micrófono y, cuando Andoni puso el cronómetro a cero, añadió: “Va por todos ustedes”. Y acto seguido, una estruendosa explosión de gas, de casi quince segundos de duración, despeinó a los presentes, quienes, rendidos a Peio, prorrumpieron en “goras” y aplausos.
Poco después de esto, le tocó el turno a Karmelo, que dedicó un pequeño discurso a su gente: “Sostienen los expertos de la revista “Science” que lo normal es tirarse una media de veinte pedos al día. Pero yo suelto una media de doscientos cincuenta”. Carraspeó, y luego apostilló: “Pregúntenle a mi mujer”. Entonces se bajó los pantalones y los calzoncillos, y encadenó una serie de veintisiete cuescos antes de ser descalificado. “El concurso es al mejor de un único cuesco, no de una retahíla, joder”, adujo un enfadado Andoni, antes de darle paso al ertzaina prejubilado.
Mikel se arrodilló para hablarle al micrófono, y dijo: “Maiteak, a lo largo de mi vida en la Ertzaintza he olido muchísimos pedos criminales. Pero los más terroríficos, sin duda, han sido los de mi jefe, el sargento Etxeandia…” Hizo una breve pausa, y añadió: “Va por ti, compañero”. Dicho lo cual, y sin hacer ni un amago de bajarse los pantalones —“no me hace falta, confío mucho en mis pedos, razonó”—, expulsó una ventosidad inmunda, poseedora de tal hedor expansivo, que hubo hasta quien se orillaba para vomitar.
Al cabo de media hora, Txema, alias el hobbesiano, se aclaró la voz —como hacía antes de intervenir en los debates de La Sexta— y se aproximó al micrófono para romper el silencio: “Oh, Diógenes de Sinope, tú has sido mi maestro en este noble arte”. A escasos metros de él, la muchedumbre abría enormemente la boca, hasta el punto de poner en riesgo sus mandíbulas. “A mí hoy me ha tocado actuar en último lugar —prosiguió el catedrático— , así que llevaba las de perder, hasta que se me ha ocurrido hacer esto”. Y entonces hubo una pausa. Mil murmullos de júbilo. El tiempo se detuvo.…