988. EL CONCURSO DE TALENTOS
Félix Gómez Cabrita | Tom Ripol

Llego tarde. He salido de clase un minuto más tarde y ahora me estoy meando. ¿Por qué te dicen que tienes que beber dos litros de agua al día. Recorro los pasillos en busca del santo grial, véase un baño sin ocupar, en la planta que sea. Segunda planta todos ocupados. Primera planta también. Espera. No. Uno está libre. El baño más cutre del instituto. En ese momento me parece el excusado de un palacio por lo menos.
Parece que orino por una eternidad. Cuando por fin termino pasa lo impensable. Mejor, dicho, lo que debería haber sabido que iba a pasar. La puerta no se abre. Doy un empujón a la puerta. Nada. Otro más fuerte. Nada de nuevo. Me voy a quedar aquí hasta que venga una limpiadora a las cinco de la tarde y me saque.
—Amos no me jodas—susurró para mí mismo.
No puede ser. No puedo perderme el concurso. Empujo otra vez, esta vez más fuerte. ¡Se mueve! Otro empujón más fuerte y se vuelve a mover. Un empujón más y…la abro y salgo directamente al pasillo, donde me encuentro cara a cara con el director, que me mira de arriba a abajo como si estuviera loco. En ese momento siento que lo estoy.
—¿Tú no tendrías que estar que estar en el salón?—no respondo—. Por cierto, llevas la bragueta abierta.
—Te has dao cuenta tu también, ¿no?
La cierro sin mirarme los pantalones, sin quitarle el ojo al dire.
—Tú también la llevas abierta—le digo.
Y en lo que se gira para ver si es verdad ya he desaparecido por el pasillo, con el flequillo cruzándome por la cara.
Llego al salón de actos tarde, pero llegó, que es lo importante. Me limpio las gafas de pasta con la camiseta y entro.
De repente me encuentro con cien personas, la mayoría mirándome, entre ellos mis compañeros de clase, y me quedó en blanco.
—Venga, que eres el primero. ¿Dónde estabas?—me pregunta la simpática profesora de lengua.
Me encojo de hombros, sin saber muy bien como contarle mi odisea y me pongo frente al micrófono.
—Hola—dijo tímidamente.
Ahora sí que me miran todos. Estoy nerviosillo y no sé qué decir. El peor miedo de un humorista y un estudiante hecho realidad. Carraspeo y por fin me viene algo que contar. Me quito el flequillo de la cara y por fin empiezo, mirando fijamente a uno de mis compañeros.
—Pues estaba yo el otro día con un amigo, y me dise er tío: «el otro día leí en Twitter que los hombres hablamos poco durante el sexo. ¿Tú lo haces?» Y le respondo yo: «que va colega, a mí no me gusta hablar solo».