294. EL CORRECTOR
Fernando CALLEGARI | Edgar Allan Páez

Odio la mala escritura. No puedo evitarlo, es más fuerte que yo. Que quede claro que este sentimiento, del cual no me enorgullezco y que a veces logra arrastrarme hasta el filo de la desesperación, nada tiene que ver con la persona que escribe mal; solo con lo que escribe. De hecho, apuesto que, si le pidiera a cualquiera de mis amigos que me explicara el significado del término sangría en el contexto literario, la mayoría diría que consiste en disfrutar de un brebaje hecho con vino, azúcar y algún que otro trozo de fruta mientras lee lo último de Coelho.
Lo que no me explico es por qué esta capacidad de tornar cualquier calamidad narrativa en algo factible de ser leído, lejos de ser considerado un don, suele ser interpretado como un acto de innecesaria pedantería.
La maestra de Biología de mi hijo, sin ir más lejos, parece no haber tomado a bien mi última observación. Solo le pregunté si creía posible que los jugos gástricos tuvieran la capacidad suficiente de digerir todos los acentos que se había comido en su último informe. Debería existir la especialidad de Nutricionista Literario.
Se escribe como se habla, pero ¿a nadie le interesa la pérdida irreparable de una síncopa infame?, ¿la intromisión artera de la epéntesis?, ¿la anarquía intrigante de la metátesis, que no resiste justificación?
Visto en retrospectiva, este afán por separar paja de trigo para librar al mundo de campos enteros de letras sin sentido, me ha traído en la vida más desdichas que satisfacciones. Con dos de mis tres últimas novias, corté por cuestiones semánticas: sus cartas de amor eran verdaderos espantos. Una coma criminal liquidó a la tercera.
Sin embargo, no soy necio; creo que siempre se aprende de los errores. A Anita, mi actual pareja, le pedí encarecidamente que solo se dirigiera a mí a través de mensajes de voz.
Mi analista dice que lo mío se encuadra con claridad dentro de lo suelen denominar trastorno obsesivo compulsivo. Me indicó un ejercicio de regresión consistente en abordar cada nueva lectura con la mirada desprejuiciada de la infancia, libre de toda atadura ortográfica o gramatical. Creo que no está resultando, dado que últimamente he venido desarrollando un raro sentido de abstracción que me lleva a obviar totalmente el contenido del texto y concentrarme solo en los errores, como si estos fueran faros intermitentes en medio de la noche. Está claro que debo dejar a mi analista.
De todos modos, es posible que me haya pasado de la raya. La semana pasada llamé la atención a mi jefe por el uso incorrecto de preposiciones en el parte que había redactado. Lo hice en plena junta directiva.
Él no dijo nada, pero esta mañana me esperaba en la puerta de su despacho con una sonrisa de oreja a oreja y la nota de despido en su mano. Me quedé helado. Aún después de leer y releer la misiva, no podía creerlo: escribió la palabra cesante, las dos veces, con s.