408. EL CRIMEN DEL PIE ESTÁNDAR
Daniel Artiles Rodriguez | Fritz

Soy un adicto a la información irrelevante. Lo confieso. Folletos publicitarios, pintadas suburbiales, ecos de sociedad y conversaciones irrelevantes en el autobús, entre otros, nutren mi hiperdesarrollada afición por lo anecdótico. Caí en la cuenta esta madrugada, cuando terminó el especial “Zapatos de temporada” en un canal de tele ventas, y sentí un horroroso abandono. He dado el primer paso, el más importante: reconozco mi problema. A partir de mañana tomaré cartas en el asunto; hoy he pensado ir a la zapatería que hay al cruzar la calle y comprobar si han vendido más pares del número 38 que del 37, simplemente por curiosidad, por hacerme una idea aproximada de el pié estándar que calza el ciudadano medio. Llamé por teléfono y colgué antes de que sonara el séptimo tono y, desde la lejanía, pude ver a una figura borrosa que emergía desde la trastienda, deteniéndose a la altura del mostrador unos segundos para regresar contrariada nuevamente a la oscuridad. Al día siguiente, un tumulto de curiosos se agolpaba frente a la zapatería que había sido precintada por la policía. De pronto, me hallaba en el tumulto. Varios agentes, apostados junto al cadáver de un hombre instaban al orden y, a viva voz, repetían el consabido: “¡Circulen, circulen!”.

– ¿Qué ha pasado?- inquirí a un señor anodino que se mecía el bigote con la mirada hueca, perdida en torno a un lugar impreciso entre el cadáver y la pintura desconchada de la pared, al fondo.
– ¿No lo sabe?- preguntó en un alarde de retórica una voz femenina tras de mí. Al girarme, integré la voz al conjunto físico de una vecina en bata.
– La chica de la zapatería- prosiguió,- ha matado a un hombre que merodeaba desde hacía tiempo por la tienda.
– El presunto acosador la llamaba a todas horas por teléfono y le enviaba cartas sin remite cuyo contenido, supongo, sería altamente intimidatorio- intervino el señor del bigote sin dejar de mirar a la nada.
– Ese hombre- dijo la mujer señalando al cadáver con una mano, mientras que con la otra se arremangaba la bata,- le preguntó a la dependienta si tendría mocasines de su número y ella, sin mediar palabra, lo apuñaló en el corazón.
– Sin saber si era él o no quien la acosaba, porque nunca lo había visto- sentenció el del mostacho.
A partir de ese momento, comencé a concederles importancia a los titulares de los periódicos y los debates televisados de la nación. Al principio, me costó un poco habituarme a ser yo el relativo y asumir como verdad indiscutible lo general trascendente. Pero, al cabo de unos meses, me encontré a mi mismo discutiendo en la barra de un bar con mis conciudadanos sobre si la culpa de que el equipo de fútbol local no ascendiera de categoría se debía a la incompetencia de su entrenador o a la de su jugadores. Me había desintoxicado de mi enfermedad, sin duda.

Fritz