711. EL DESAFÍO
Nieves Navarro Romero | Nievesata

El despertador sonó tres veces; las mismas que apagó molesto. Llueve fuera. Cinco minutos más. Miró de reojo abriéndolos de golpe. ¡Ostras! ¡No llego! Pasó por la cocina y cogió una manzana al paso.

No atinaba a abrir el paraguas corriendo hacia la parada del bus. Entró por los pelos. Al arrancar se llevó el primer porrazo. No tenía manos. El paraguas que no consiguió abrir, el móvil chivato que le avisaba de la demora del bus, y la cartera abierta buscando el bono de transporte.

Delante de él cinco personas. Espacio aéreo cerrado para poder picar el billete. Por más movimientos de brazos que hacía para alcanzar la máquina, no había manera. Parecía que estaba bailando sevillanas. Que si sube un brazo, que si baja el otro… Y encima bregando con los frenazos que propiciaba el conductor. ¡Joder! Lo miraba un poco mosqueado ya.

«¡Vayan validando sus billetes!», Reiteraba el conductor. ¡Que sí, hombre, que sí, que ya nos hemos enterado! Pensaba imposibilitado para hacerlo.

Nuevo frenazo. Nuevo porrazo con la barra de sujeción. Paraguas al suelo. Móvil cogido al aire cual patata caliente. «¡Pero hombre tenga cuidado!», le dijo al conductor cogiendo el paraguas enganchado en el bolso de la pasajera de delante.

Una parada. Alguien se bajaría para poder avanzar. Alcanzó la maquinita. Mirando por el espejo al conductor le mostró el bono desafiante. Sin miedo al frenazo. El conductor se dió cuenta del desafío. No iba a permitir que pasara de rositas.

Fijando las miradas por el espejo, ambos continuaban la cruzada. Uno procurando los frenazos. El otro agarrándose para no caer.

Su parada era la siguiente. Tocó el timbre. El conductor lo miraba. Él siempre disimulado. Acercándose a la salida sin dar muestras de su intención. Todos los pasajeros sentados. Solo él de pie. Miradas clavadas.

Suena el aire comprimido que apertura la puerta, pero ésta no se abre. Mira al conductor y vuelve a tocar el timbre. El bus parado. Puertas cerradas. Reitera el timbre en tres ocasiones. Y por otras tres el aire comprimido suena sin abrir las puertas. Esto ya se va a convertir en un duelo. «¡Oiga, abra. He llamado varias veces!», le replicaba andando hacia él. En ese momento las puertas quedan abiertas. Se vuelve hacia ellas para salir sin dejar de mirar al conductor. Baja el primer escalón y suena el hidráulico. Le da un vuelco el corazón. «¡Oiga que quiero bajar!». Las puertas seguían abiertas. «Baje, baje». Volvió al intento de nuevo sin soltar la barra. Pegó un salto y consiguió pisar el suelo firme de la calle. ¡Ya estoy fuera! -sonreía saludando al conductor.

«He ganado la partida», pensaba mojándose por la lluvia; momento que el conductor aprovechó para acelerar y pisar los charcos que lo empaparon de arriba a abajo. Un toque de claxon y un adiós por el retrovisor, terminó con esta «historia de amor».