83. EL DESAYUNO
Daniel García Rodríguez | Eratóstenes

La primera obscenidad de la mañana resonó en el comedor, salpicando con perdigones cafeteros el periódico, el iPhone y el mantel de lino.
-¿Qué pasa ahora? -preguntó ella con indiferencia. Se había cansado de sugerirle que dejara la lectura de la prensa para más tarde y disfrutara en paz de las tostadas ecosostenibles y biodegradables que les preparaba el servicio. Desde que fue elegido solo se escuchaba a sí mismo y ella estaba acostumbrada a sus exabruptos en la intimidad, a que masticara con la boca abierta y a las ventosidades que soltaba en cuanto se subían al coche oficial y que hacían vibrar los cristales a prueba de balas. Poco quedaba del galán que la sedujo en una lejana fiesta de cumpleaños, pero las ventajas que acompañaban el cargo compensaban con creces seguir casada con un payaso vocacional. Le constaba que la suya era una aversión compartida por la mayor parte de la población y por la totalidad de secretarios, ministros, concejales y diputados de cualquier signo, pero ella y sus hijas eran las únicas que podían pasar olímpicamente de él sin temor a las consecuencias.
-Escucha esto: «Ante el alarmante número de contagios y la inacción del gobierno para hacer frente a la pandemia, la oposición se plantea una nueva moción de censura» -se le había quitado el apetito, como siempre, y se levantó para ajustarse la corbata ante el espejo. Estaba emperrado en hacerse el nudo Van Wijk, pero las habilidades manuales nunca habían sido su fuerte (ella también había desistido de enseñarle a masturbar y a masturbarse) y otra vez tuvo que conformarse con el nudo simple-. ¿Por qué nadie me avisó de que la cosa era tan seria? -soltó otra palabrota-. Siempre tengo que ser el último en enterarme de todo -otra palabrota más-. Si decían que solo era una gripe que mataba a los chinos y a los viejos con bronquitis -y otra más-. A ver qué cuento les suelto yo hoy en la maldita rueda de prensa -la retahíla siguiente fue una repetición de las groserías ya proferidas, pues el léxico tampoco había sido nunca su fuerte-. Una pandemia es como una epidemia a lo grande, ¿no?
-Ajá -murmuró ella. En los primeros años se encargaba de escribirle sus discursos para ahorrar, pero desde que tenían chófer y piscina climatizada dejaba que fueran los asesores los que se ocuparan de eso y de todo lo demás, que para eso les pagaban una pasta. Habían sido elegidos entre los más ineptos de los ineptos para no hacerle sombra al jefe, como casi toda la cohorte presidencial, pero ese no era su problema. Ella ya tenía bastante con ayudar a sus niñas con los deberes y planificar las vacaciones-. Voy a arreglarme, que hoy tengo que dar una charla en el seminario de igualdad telemática 2.0. Nos vemos esta noche para el teatro. No olvides mirarlos a la cara, que no se note que estás leyendo.
-Vale. Oye, por cierto, ¿qué significa «inacción»?