El Desconocido
Jamie Broadway | Jamie Broadway

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Lo había bloqueado. Pero, allí con las tijeras en la mano, el desconocido había irrumpido de nuevo en mi vida. Sin invitación. Sin aviso. Sin cita.



—¿Te dejo los lados bien cortados? —me preguntó con un profesionalismo digno de un premio.

Su mano blindaba las cuchillas afiladas, su mente inundada de mis palabras afiladas: “Me van tíos que sí se cuiden.”



¡Qué idiotas somos en las aplicaciones! La soberbia que nos concedemos por pisar en un crossfit. Los comentarios que soltamos sobre los demás. Lo protegido que nos sentimos detrás de una pantalla.



Pero ahora, no había pantalla. Solo miradas frías a través de un espejo.



El desconocido se dispuso a llevar las tijeras a mi pelo, listo para cortar, podar, o, según dictaba su rencor, mutilar. Truncar mi entrevista de trabajo. El colmo de años de esfuerzo. Segar mi cita el viernes, con un tío que “sí se cuidaba”. Mi vida de repente se encontraba en riesgo por un comentario descuidado y un bloqueo precipitado.



—¿Juanki te ha comentado que estás empezando a perder pelo arriba?



No, mi peluquero de confianza no me lo había comentado. Me había dejado plantado el día que más lo necesitaba.



—Te vendría bien empezar a usar un champú anticaída. A esta edad, es importante que los tíos «sí se cuiden».



No cabía duda. Sí se acordó de nuestra breve conversación.



Un rehén en su silla, el desconocido se alimentaba de mis inseguridades. Cada tijeretazo una oportunidad de quitarme volumen, arrogancia o el trabajo de mis sueños. Pero el desconocido tenía corazón, algo que me faltaba desde hace mucho. Él me veía tal como yo era. Un superficial. Un narcisista incapaz de ver más allá de mis propios deseos. Un patético que solo veía cuerpos con los que satisfacer sus impulsos. Una persona que daba pena. Mucha pena.



Con el corte hecho, el desconocido sujetó su pequeño espejo para mostrar su arte por detrás.



Le miré con mi pelo recortado, mi soberbia talada.



—Gracias… y lo siento —le dije con los ojos humedecidos.



El desconocido se paralizó. Frunció los labios y se quedó mirándome a través del espejo, sin pronunciar una sola palabra.



Simplemente asentó con la cabeza. Un gesto sobrio. Muy sobrio. Pero igual un gesto que perdonaba los fallos de mi ser.



—María te cobrará —él contestó mientras iba a por la escoba.



El desconocido se merecía el mundo. Era una persona de valentía. Una persona a la que nunca conoceré. Una persona que podría haber sido mi mundo. Un mundo vacío.