191. EL DESPERTAR DE LA CENIZA
Isabel Lobato Jimenez | Kaoche

Las hermanastras de Cenicienta eran dos criaturas increíblemente hermosas. De rostros ovalados, ojos azules, largos y dorados cabellos, labios sensuales, piel nívea, figuras esculturales, exquisitos modales y sonrisas encantadoras.
Con Cenicienta se comportaban como las crueles y malvadas arpías que eran en realidad, pero para el mundo eran dos seres angelicales.
Cuando las tres cumplieron quince años, el rey anunció un gran baile para celebrar la mayoría de edad de su heredero. A Cenicienta le dijeron que podía asistir si terminaba a tiempo con todas su tareas, pero por mucho que ella se organizó para estar libre, las muy malvadas con la ayuda de la madre no dejaban de buscarle ocupaciones. Incluso, deshacían cosas ya hechas diciendo que estaban mal acabadas.
Así que ya harta, la misma mañana del baile, cuando madre e hijas salieron a hacer su habitual ronda de visitas, Cenicienta cogió unas tijeras, subió a la habitación de las dos hermanas y fue cortando en pequeños trocitos con sumo cuidado todos los vestidos de fiesta, haciendo después lo propio con adornos y zapatos. A continuación bajó a la cocina para refrescarse en el pilón y tomar un vaso de vino mientras esperaba el regreso de las grandes damas. No sentía ninguna angustia. ¿Con qué iban a castigarla? ¿Con no ir al baile? Sonrió para sí. Ella tenía un hada madrina que aparecería en el momento preciso para liberarla y proporcionarle todos los adornos que necesitara para deslumbrar al príncipe. Y por el momento ya se había deshecho de una buena parte de la competencia.