EL DESTINO DE UN NÓMADA
JOSEFINA SOLANO MALDONADO | HADES

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Mi vida hasta entonces había sido la de un hombre errante, que guardaba en los bolsillos naipes manchados de carmín y un puñado de derrotas. No sabía mantenerme el tiempo suficiente en un sitio donde la lluvia mojara más de tres veces mi solapa. Siempre buscaba un lugar nuevo donde el whisky fuera más amargo, donde las partidas de póker me calentaran los puños y los versos.

Cuando llegué a Madrid recibí la carta de una mujer que decía haber leído todos mis libros. En aquella caligrafía Brigitte – así se hacía llamar- dejaba entrever, que en mitad de la sordidez la ternura era una enfermedad que intentaba a toda costa no contraer tal como yo solía manifestar en mi poesía. Después de intercambiar varias charlas telefónicas quedamos en el Lamucca de Plaza España para conocernos. En la primera cita hallé a una muchacha que gastaba una de esas bellezas sin malicia, un cuerpo donde no habían dejado huella los errores. Hablamos largo rato. Ella afirmaba que en mi obra había encontrado ese tiempo que destruye y salva, ese orden y caos tan necesario para existir plenamente. Mis versos, según decía, sabían reflejar el mundo sin ese vaho esmerilado y cursi que suelen ponerle los malos escritores. Mirando sus grandes ojos negros le dije:

-Cuando estás en el barro, y llevas mucho tiempo cuesta creer que hay sol dos palmos más arriba de tu cabeza. Ese óxido que corroe los sueños impregna mi poesía, la llena de algo febril y con esquinas que busca la verdad en la palabra, en la música o en las mismísimas cloacas de la noche.

Brigitte confesó que me entendía muy bien y me habló de su vida:

-Abandoné la carrera de Derecho al tercer año, y empecé a trabajar de gogó en una discoteca. No tardé mucho en aceptar las proposiciones de aquellos clientes que, tras varias copas, te enseñaban la cartera. Empecé a malgastar las emociones, a sustituirlas por la mentira de una sonrisa. Pronto apareció en mi rostro la expresión del vicio y el desencanto. Por la mala ginebra, por toda la gente que no comprendes ni amas, por la sucesión de noches asimétricas, o por todo junto, me miré un día al espejo y supe que mi mirada era veinte años mayor que mis ojos. Tuve miedo de lo que yo era, me di cuenta de que mi cuerpo no era capaz de responder al amor tan sólo al sudor, al sexo y a los instintos.

Desde aquella primera cita, Brigitte y yo nos hicimos inseparables, dormíamos a menudo juntos, lo compartíamos todo. Cuando iba a marcharme de Madrid, miré su espalda desnuda y supe que era ella el lugar donde quería quedarme para siempre. Los dos habíamos aprendido a amar sin ambages. Ella galopaba salvajemente por mis versos y por mi sangre, y no estaba dispuesto a convertirme en ese nómada de la vida que tarde o temprano se ahogaría en el agua lenta de su olvido.