896. EL DETALLE
Nélida Leal Rodríguez | Reincidente

Cada vez que llega el cumpleaños de Javi, me vuelvo popular y todos me llaman. Eso sí, las llamadas son, por decirlo así, una cascada de déjà vu. Una vez que recibes la primera, las has recibido todas. “¿Podrías comprarle algo tú?”, “Es tu marido, tú conoces sus gustos”, “Mujer, a mí no se me ocurre nada”, “Yo te lo pago después, compra ¡lo que quieras!»
Este año me negué. Me llené toda yo de empoderamiento negador y rechacé todos los chantajes. No hice distinciones: ni amigos, ni madre, ni hermanos, ni cuñados, nadie escapó de mi ira negativista . Les dije que se buscaran la vida, que quince años de matrimonio daban para que al menos tuvieran una ligera idea de qué no regalarle, y total, les podía garantizar sonrisa falsa y diplomático agradecimiento en caso de equivocación vergonzosa. Javi es educado, añadí, aunque ese mismo hombre me había pronosticado una derrota total en mi intento de librarme de comprar para otros.
Pero consintieron. O se conformaron. O me insultaron pero acataron. Algo así. Javi se tragó sus palabras y yo me sentí liberada. Solo tendría que encargarme de lo mío. Lo mío. Suena tan poderoso, tan mágico… tan efímero. Mi madre se encargó de que así fuera, ante las renovadas carcajadas del cumpleañero. Me reprochó todos los deliciosos tuppers entregados , me refregó las infinitas horas de canguro, me enumeró, meticulosa, las recogidas del cole, de baloncesto, de fiestas de cumpleaños y me asestó, airada, un repertorio exacto de cuanto ella había hecho por sus nietos, como para que yo, tan egoísta, me negara ahora a hacerle un favor anual. Ni mi suegra fue capaz de esgrimir una verborrea tan amenazante y certera. Y claudiqué, claro. Tengo tres hijos en edad escolar, un trabajo exigente y un marido piloto. Me quedaban muchos años, según el razonamiento materno, de comprarle regalos para otros.
Estaba en plenos preparativos de la fiesta, cuando el jefe de Javi le reorganizó la vida y la merienda multitudinaria quedó cancelada sine die; ya que la ausencia iba a ser larga, le dimos los regalos disponibles y muchos besos. Cuando esa noche me llamó, desde un remoto hotel, le dije que no olvidara telefonear a mamá, cuyo regalo ya disfrutaba.
Obediente, Javi la llamó. Casualmente, cuando estábamos juntas. Mamá preguntó, entusiasta, si le había gustado el detalle. Él, un poco indeciso, aseguró que sí. Menos efusiva, ella respondió que encantada, y, curiosa, preguntó si le venía bien. Javi ofreció un “claro» bastante débil. Mamá, insegura, dijo que no era más que un detalle, pero él le tranquilizó afirmando que era un detalle precioso. Finalmente, colgaron.
Entonces mamá me miró, azorada: “qué mal lo he pasado. No me dijiste qué le habías comprado” y, poco después, Javi me escribió al móvil: “vaya rato con tu madre, olvidaste especificar qué regalo era el suyo”.
Yo, ante ambos, fingí sentirme avergonzada. Cómo había podido olvidar ¡ese detalle!