327. EL DÍA DE LA CABRA
SOFÍA HERRERO GIL | SHG

Nunca debimos darle vodka a la cabra. De todas las peores ideas que hemos tenido hoy, sin duda, esta ha sido la peor de todas. Aunque también la más divertida. No sé cómo nos convenció aquel hombre de que pujásemos por su cabra. No sé cómo reunimos entre todas 120 euros, porque llevábamos un largo día de comida y bebida y ya se nos estaban acabando los suministros, incluidos los monetarios. Lo único que sé es que nos hacía mucha gracia tener como mascota en el grupo de amigas a una cabra. Era la personificación perfecta de nosotras. Como si de un club de fútbol americano nos tratásemos ahí íbamos, con nuestra cabra por los bares. Por supuesto, en ninguno nos dejaban entrar. Pero sí tomarnos algo fuera mientras le hacíamos mil perrerías a la cabra. Todas nos montamos en ella a modo de cowboy y le dimos de comer mobiliario de uno de los bares. De ahí sí que tuvimos que salir corriendo. Pero lo de darle vodka, no nos lo esperábamos. Si las cabras ya de por sí son nerviosas por naturaleza esto acrecentó aún más su locura animal. Saltaba sin parar, la intentamos sujetar entre todas pero es que la condenada le dio por dar coces a diestro y siniestro. Miriam todavía lleva un ojo morado. A pesar de los golpes que nos propinaba nos seguía provocando mucha risa su ritmo descontrolado. Hasta que se nos escapó. Pero eso no impidió seguir con la juerga. Todavía nos quedaban unos cuantos euros para beber un poco más. Que le den a la cabra. La noche era joven. No para nosotras, sí para nuestro espíritu. Lo malo, es que no es lo mismo que se te escape una cabra por medio del monte que en medio de una ciudad. Y el dueño del bar cuyo mobiliario había servido de entremeses a la cabra nos la tenía jurada. En cuanto la vio suelta llamó a la policía, que no tardaron mucho en dar con nuestra descripción: 8 mujeres de mediana edad de juerga y sin ningún tipo de control. Cuando llegaron los policías empezamos a gritar como si nos hubiesen traído cuatro boys para nosotras solitas. Quítatelo todo es lo más suave que les dijimos. Así que os podéis imaginar la multa que nos calló. Silvia, que es la más suelta cuando va bebida, que a esta invitaba ella. Pero ya no era solo la multa. Pasaríamos la noche en los calabozos por escándalo público. Eso hizo que nos pusiéramos más eufóricas todavía. Seguiríamos la fiesta en el calabozo, pensamos. Pero el calabozo no es tan bonito como lo pintan en las películas. Allí no había nadie. Sólo 8 mujeres de mediana edad borrachas a las que les estaba empezando a dar el bajón y a ser conscientes de todo lo que habían hecho. Pero sabéis que os digo. Como dice mi gran amiga: que nos quiten lo bailao.