1218. EL DÍA DE MI GRAN OPORTUNIDAD
SARA CABERO SÁNCHEZ | SARITA SÁNCHEZ

Había entregado, mandado y reenviado tantos currículums que no entendía como no me paraban por la calle para sacarse una foto conmigo. Pero hoy tenía una entrevista con la multinacional, a la que en tantas ocasiones había tratado de acceder, y en la que las personas no eran un número… ¡eran personas!
Encontré en mi fondo de armario el traje que llevé en la comunión del pequeño Toñin, que era serio y formal. Viéndome con él en el espejo, parecía que iba de funeral, pues Toñin ya se había convertido en Don Antonio, y los años no pasan en balde, ni siquiera para ese simple traje, pero… ¡no había tiempo que perder! Por ello, me centre en los complementos; me puse una camisa escotada (buscando un toque más fresco y menos vintage), me maquille siguiendo un tutorial y me afané en que la escarola de mi pelo se pareciera al nuevo sistema curly sin parabenos (aunque parecerse… es mucho decir).
Caminaba con paso firme y radiante cuando la suerte me cayó de pleno en forma de excremento de Paloma. Di gracias en ese momento por elegir la calle del parque y no la del campanario, donde anidan las majestuosas cigüeñas. Me limpié como pude en una fuente cercana, y dado a que no disponía de mis mil utensilios y productos capilares… me hice un moño a lo “Señora María”.
Cuando llegué al hotel, la joven recepcionista me indicó la sala deseándome suerte con una mirada peculiar. Al entrar, me encontré con un señor de aspecto extraño, bajito, regordete, calvo y con un gran bigote. Parecía nervioso pues no paraba de sudar por la calva, pero a pesar de que algo no olía bien (literalmente) mantuve el tipo en todo momento, contestando fielmente a todas sus preguntas (bueno… casi fiel… o casi la “Wonder Woman”). Según pasaban los minutos, me pareció ver una sonrisilla entre tanto pelo confundido, a la par que yo me iba sintiendo más incómoda porque las preguntas cada vez eran más personales. Aunque comprendía que los nuevos procesos de selección se focalizan en tratar de averiguar qué tipo de personas van a formar parte del equipo.
Tras la intensa charla, aquel señor me agarro con sus sudorosas manos, me miró fijamente a los ojos y me dijo “me gustas”. Interiormente saltaba de alegría ¡el puesto iba a ser mío! Y acto seguido me planto el beso más peludo de mi vida. Di un paso atrás y le dije: “¡qué haces!” Y en aquel momento, pude vivir y sentir la descomposición de aquel hombre mientras balbuceaba: “Eres la mejor candidata que me había proporcionado la agencia matrimonial”.