354. EL DÍA DE MI MUERTE
Ana Muñoz Hidalgo | Ana Bernier Sicilia

Siempre supe que moriría joven. Es una idea con la que fantaseo desde muy niña y aunque nunca supe muy bien cómo moriría, dónde o con quién, siempre tuve la certeza de que lo haría a temprana edad.

Imaginaba que mi muerte sería en un terrible accidente marítimo o el resultado de una horrible y larguísima discusión sobre política. Pero como discutir de política hoy en día me resulta algo completamente absurdo y ridículo, puesto que todo parece un poco de broma, estoy segura de que moriré en un accidente marítimo.

Arrastré esta convicción hasta el puerto de Málaga, dónde cogí el ferry que me llevaría hasta Melilla. Intentaba no rumiar demasiado la idea del desastre marítimo, aunque, con el estado pésimo del barco, las siete horas que quedaban por delante, las inmensas olas y la magnífica familia numerosa que tenía al lado con uno de los niños vomitando por toda la cubierta, resultaba difícil no entrar en pánico.

En el intento fallido de distraer a mi mente hipocondríaca y aprensiva pensé que, si estaba en la cuenta atrás hacia mi muerte, debería hacer una breve recapitulación de mi vida, de los recuerdos más bonitos, de lo mucho que había merecido la pena vivir hasta ese momento. Me acordé de todo el dinero que he gastado en la psicóloga. Joder, pensé. Toda una vida y lo que recuerdo ahora es: ¿eso? Entonces empecé a considerar cómo podría aplicar los conocimientos que he aprendido con ella si, finalmente, tuviera lugar el terrible destino que yo pronosticaba. Primero, con asertividad y una sonrisa, le diría a la señora de la última fila que, por favor, dejase de gritar como una gallina siendo desplumada, porque con su histeria alteraría al resto de los pasajeros. Luego, con cariño y aceptación, cogería de la mano al niño que me ha vomitado toda la mochila y el abrigo, y lo encerraría en el baño un ratito para evitarle a los demás pasajeros futuras desgracias. Para trabajar la espontaneidad y el vivir-en-el-presente, me acercaría al australiano guapo de los asientos de enfrente y le diría, con el inglés que llevo practicando años para este preciso momento, que yo SÍ comparto mi trocito de tabla con él. No como Rose en Titanic, que la pobre lo hizo fatal, porque todos sabemos que Jack cabía perfectamente en la tabla. Y el australiano me respondería, en un español espantoso, que sí, que tengo razón. Probablemente, sólo por el simple hecho de no querer morir ahogado y sin tabla, ni mucho menos por el amor platónico e idealizado que me gustaría que él sintiera por mi.

Después de meditar detenidamente todos mis posibles finales, me planteé una pregunta: Si realmente este fuera mi destino, ¿podría hacer algo yo para evitarlo? La respuesta fue instantánea, plaf, como una revelación del universo: No, pringada, no. Entonces, decidida a asumir mi suerte y mi muerte: me dormí. Cuando desperté, todavía estaba ahí. Si uno espera mucho a la muerte, la cosa es aburrida, pensé.