511. EL DÍA QUE MURIÓ EL HUMOR. AL MENOS PARA MÍ.
Santi García Puro | El marqués

Siempre me creí bastante gracioso. Desde bien pequeño. Ya en el colegio era el que le ponía motes a los profesores, sobre todo al de matemáticas, ese se los llevaba todos: Efferalgan, porque era redondo y no había quien lo tragara, Lucky Luke, porque en una mano solo tenía el dedo pulgar y el índice, o el cornudo. Ese le molestaba especialmente, quizás que fuera además mi padre no ayudaba.

El humor siempre ha formado parte de mi vida. Y yo tenía claro que quería dedicarme a eso, de hecho no hubo un día en el que me faltara un cigarrito de la risa. Fueron pasando los años, y cada vez estaba más obsesionado con dedicarme al humor. En mi boda hice que el juez de paz fuera vestido de árbitro, porque me casé de penalti. Llamé a mi hija Comotú, por aquello de la broma. Y bueno, mis nóminas también ayudaban, porque parecían un chiste.

Por eso, cuando por fin vi la oportunidad de actuar ante el público, no me lo pensé. Me preparé mis mejores chistes, me subí al escenario, cogí el micro, y al show.

Empecé por los chistes de calvos, siempre hay alguno entre el público y me pareció buena forma de romper el hielo. “Perdonad el retraso, acalvo de llegar. Tú sabes de lo que hablo, ¿eh?”, “parece que alguien de la organización ha dejado algún calvo suelto” o “con este calor nos vamos a calvonizar, sobre todo tú”. Silencio absoluto. “¿Se me oye bien? ¿alto y calvo?” Nada, ni una risa. Menudo calvario.

Total, que decidí agarrarme a un calvo ardiendo (perdón, la costumbre) y pasar a los chistes clásicos. El chiste de Mistetas, el de taxi-señora (claro, ahora mismo no puedes verme los gestos y no parece tan divertido, pero te aseguro que es graciosísimo). Pues tampoco, nada. Aquel era el público más difícil al que me he enfrentado nunca.

Lo intenté todo, joder, pasé incluso por el humor escatológico. Hablé de pedos, incluso me pegué algún que otro cuesco, eso no podía fallar. Pero falló.

Y me rendí. Cogí el micro con la derrota en la cara y les dije, en un último intento a la desesperada: “pues me he quedado sin repertorio. Pensaba que os ibais a morir de risa, pero bueno, al menos uno de vosotros sí que lo ha hecho, ¿eh?… Vale se acabó, esto está muerto.” Ahí terminó el espectáculo, y con él mi sueño de hacer reír a la gente.

Es la primera y la última vez que me ofrezco a oficiar un entierro.