El disfraz
José de Bonilla Butragueño | Pepe

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Capítulo 1: Carlitos



–Claro que lo creo de verdad –procuré asegurarle–. Hoy es el día, ya lo verás.

Con renovada confianza, Carlitos asintió, como afirmándose a sí mismo que, efectivamente, había llegado el día: el día en que por fin reuniría el valor suficiente para confesarle a Alicia –niña de once, pelo rubio, sonrisa pre-brackets y gafitas azules– que le gustaba.

–Te quedarás cerca, ¿no? –Me preguntó.

–No me moveré ni un milímetro de mi sitio –. Le guiñé un ojo y señalé con la mirada hacia mi habitual escondite: un rincón entre dos cubos de basura, incómodo y maloliente, pero que me permitiría apoyar a Carlitos desde la clandestinidad mientras conquistaba a Alicia con la labia heredada de su padre.

–Gracias, papá –. Carlitos me dio un abrazo y salió del coche despepitado hacia la entrada del colegio, la mochila del Mandaloriano botando y rebotando con todos los materiales dentro.

Se me rompía el corazón.

Porque esa tarde, como tantas antes, debía enfrentarme a un Carlitos cabizbajo, con las manos en los bolsillos, preguntándome si podíamos ir a por un helado. Ya ni siquiera hablábamos de por qué no se había atrevido a hablar con Alicia; nos mirábamos, asentíamos en reconocimiento mutuo, y así quedaba todo dicho. Mañana sería otro día.

Pero yo tenía otro plan.

Se acercaba Halloween y estábamos en pleno debate sobre disfraces. Mientras él se decantaba por su personaje favorito, Han Solo, yo insistía en un cambio de aires algo oscuro: Darth Vader.

Carlitos se mantenía firme –Han Solo era más guay, más bueno, más héroe–, pero cuando me vio llegar con el disfraz de Darth Vader a casa comprendió enseguida la razón por la que yo lo había elegido. El casco, grande y oscuro, ofrecía justamente lo que necesitaba: la oportunidad de enfrentarse a sus miedos desde el anonimato completo.

Se le iluminó el rostro.

–¿Entonces tú llevarás el de Han?



Capítulo 2: Halloween



Pude distinguir a Carlitos, vestido de pies a cabeza como el Lord Sith Supremo, saliendo por la puerta del colegio. Parecía aturdido. Miraba de un lado a otro, presumiblemente en busca de Alicia, pero entre la manada de personajes en miniatura –Iron Mans, Mandalorianos, Thors, Draculas– la tarea no estaba resultando fácil.

Para colmo, un mocoso disfrazado de C3PO le salió al paso. Maldije mi suerte. El colega lo atraparía en divagaciones sobre Star Wars y Carlitos se olvidaría de su objetivo. Estaba ya a punto de intervenir cuando ocurrió algo increíble.

C3PO y Darth Vader se cogieron de la mano.

Descolocado, tardé unos segundos en comprender lo que había ocurrido.

Cuando lo hice, tan solo me quedó la duda de si Alicia, a sus once años, había llegado a la solución de taparse el rostro por ella misma, o si existía, escondida entre los arbustos, una mujer de mediana edad que en esos momentos celebraba como yo que su hija había ligado.