351. EL DIVO INTELECTUAL CON ETIQUETA DE ANÍS DEL MONO
SAGRARIO HERNANDO MARTÍNEZ | ARIADNA GAMAL

Cómo escuché una vez, si tienes un tonto alrededor, ¡no le motives! Y es que no hay nada peor que el aliento de un tonto motivado.

En mi caso, me paso los días con uno al lado, más estirado que una serpiente en un potro de tortura. Menos mal que lleva puesta la etiqueta de Anís del Mono, que si no ya habría trepado hasta las estratosferas.

Yo, que no soy muy rápida de reflejos, estoy aquí preparando contestaciones para cuando me explique algo al estilo de un maestro de dicción, dilatando espacios entre sílabas y entre palabras, creando énfasis, manejando el silencio, no de los corderos sino de los chivos expiatorios, como el mejor de los maestros de interpretación. Mis respuestas bien podrían ser: «Hoy no me funciona bien la memoria a corto plazo, así que te agradecería que no dejases pasar tanto tiempo entre palabras, entre sílabas, o entre líneas, ya que es posible que lea entre ellas». O: «¿Por favor, me puedes repetir la lección sin vocalizar tanto? Es que, desde que usamos mascarillas, mi oído ha ajustado tanto el rango de frecuencia de decibelios a la baja, como la velocidad de habla inteligible a la alta». O: «Hace tiempo que no he recibido cursos de «agrertividad», ni de metamodelo del lenguaje. Hasta que me ponga al día, te agradecería que me hablaras como haces normalmente, por favor».

Y es que, las características del divo intelectual suelen ser: tono de voz imponente, columna erguida, manos en jarras, piernas abiertas al estilo del Hombre de Vitruvio, movimientos de manos contundentes y preciosamente precisos, tocar los pies al personal, hablar de sus logros, de sus ideas —eso sí, para que trabaje otro, el próximo tan próximo como a sí mismo—, de su sí, de su yo, de «su sé», de su Josué… Les encanta emplear frases tipo: «¿te acuerdas de que…?» Ahora bien, no es un llamamiento a tu memoria, sino una exhortación a recordar lo que esa persona ya te dijo y, sin embargo, no le has hecho caso… En su retórica, comienzan los párrafos así: «si te das cuenta…», «sería bueno…», «sería interesante…».

Por último, comentar que el «modus operandi» de los cuestionarios en los que interviene un tonto, suelen funcionar de modo que a preguntas sonoras le corresponden respuestas silentes; a preguntas pusilánimes vienen respuestas categóricas… A esto se le llama: ley de equilibrio decibélico.

En fin, que si no aprendemos a enfrentar a los tontos motivados, nos podemos quedar en tontos útiles y, para eso se tienen que dar las dos condiciones, así que, lo que prefiramos: no seamos tontos, no seamos útiles, o no seamos ninguna de las dos cosas.

Antes de que te tantee tanto tonto, recuerda que hay tres clases: tontos de entendimiento, tontos de condición y los que vuelven tontos a los que no lo son.