370. EL DRAMA DE LA MARIONETA
Rusvelt Nivia Castellanos | FEDORVELT

En el teatro imperial, hay una marioneta muy linda, llamada Peggy. Ella tiene apenas quince años de vida y debido a su gran belleza, ella siempre luce una presencia encantadora al reinado teatral, su juventud de hecho es realmente atractiva, ella ostenta una feminidad elegante, llena de voluptuosidad para la gente y obviamente por sus atributos adorables, los reyes del teatro, sacan todas las noches a Peggy del cuarto de los muñecos, donde dormita, luego los reyes avivan su estampa de marioneta, la visten con trajes refinados, arreglan bien su cuerpo de plástico, hacen que a la vista quede perfecta, ellos por cierto adornan su cara con diversos maquillajes y ponen joyas en su cabellera negra, colocan prendas trasparentes en sus pechos y hasta montan coronas en su cabeza, para volver a Peggy una marioneta más llamativa, más seductora y mucho más fascinante.
En cuanto a la ocurrencia siguiente como todas las noches, apenas Peggy está lista para el espectáculo, se abre el telón por orden de los reyes y en un breve tiempo por lo general, sale Peggy al escenario luminoso del teatro, toda engalanada, dispuesta a realizar su farsa artística, más ella con una exagerada euforia, saluda a la gran multitud de gente, que ha pagado las altas monedas de oro para ver su espectáculo.
Ya luego como siempre, inicia Peggy la farsa de la vida feliz, quien pasa a cantar unos himnos a la vanidad, mediante su voz melodiosa, toda llena de sugestiones tramposas y poderosas.
Más sin bien por lo eventual, ella con enaltecimiento, recita sus poesías ilusionistas durante cada actuación teatral, corea igual unos versos excéntricos al reinado y ella pronto se mueve al ritmo de la música y los reyes asimismo mueven los hilos de esta marioneta, para mostrar a Peggy cada vez más sensual y mucho más pasional al público y entonces ante las manipulaciones, Peggy acepta las órdenes y baila entre la noche festiva y danza como una princesa con su máscara, allá en el escenario donde hace varias piruetas y monerías, para mantener al teatro encandilado por largo tiempo y Peggy a su vez impropia, sigue de uno para otro lado, sin un rumbo fijo, hace igual sus movimientos exóticos, canta allá durante varias horas y después de los actos dramatizados en vivo, ella deja hechizada a la gente, que loca queda todas las noches, debido a la belleza que han visto, por dentro de sus ojos engañados.
Y al final del espectáculo, Peggy vuelve otra vez a su cuarto de muñecos, sin nada de amor, donde ella queda con su llanto, toda sola y rendida como una prisionera, por su enferma vanidad.