1100. EL DUELO
Rosendo Cid Menor | Comediante

El sujeto B mira con inusitada atención hacia las piernas de la novia del sujeto A. A se da cuenta de cómo los lascivos ojos del sujeto B se dirigen sin reparo alguno a las extremidades de su novia, por lo que al momento se levanta y le arroja una servilleta al rostro, a modo de guante, retándole a un duelo al amanecer del día siguiente en las afueras de la ciudad. El sujeto A no puede sino aceptar, por no quedar como un cobarde y un gallina delante de la gente del bar, que los mira entre murmullos e interés malicioso. Concretan la hora y el lugar a pesar de las discrepancias de la novia, enormemente avergonzada. Al día siguiente, ambos se presentan con sus respectivos padrinos. La niebla es densa y la temperatura fría. Toman las únicas armas disponibles: un par de escopetas de balines, pues otra cosa no han podido conseguir. Antes de comenzar, el sujeto B culpa entre gritos al sujeto A porque su novia le ha dejado tras el suceso. El sujeto A no dice nada pero sonríe a escondidas. Se disponen entonces, de espaldas uno contra el otro, y comienzan a dar pasos al frente, un total de diez. Al finalizar, se dan la vuelta y disparan entre la tupida niebla. Ninguno parece acertar, pues no ven nada, ni siquiera a los padrinos: únicamente la niebla blanca y húmeda. Dan voces. Se encuentran a pesar de ambos y comienzan a caminar mientras se echan culpas. Horas después, la niebla continúa. Optan por detenerse y esperar a que se disipe la niebla y, sobre todo, no hablar ni gritar si no es necesario. Cuando la niebla desaparece comprueban que están en un desierto lleno de cactus, piedras y arena infinita. No sabiendo qué hacer, caminan sin rumbo y acaban por discutir acaloradamente posibilidades de guerras mundiales o teorías imposibles insultándose sin descanso. Pasan los días y ambos siguen perdidos en el desierto, llenos de barbas y teniendo que aceptarse sin remedio aparente. Y siguen discurriendo los días y las semanas, y A y B, a pesar de las circunstancias, continúan retándose mediante desafíos físicos, para comprobar quien lanza más lejos una piedra, o quien aguanta más tiempo golpeando la cabeza contra un espinoso cactus; discuten además, sobre quien es más culto y refinado, sobre política y filosofía, intentando demostrar cuál es el estado ideal, tema favorito de debate; pero sobre todo, discrepan sobre quién es el novio que conviene a la chica perdida. En ocasiones, olvidan tales desacuerdos y hablan cómplices sobre las piernas de la mujer, perdición de ambos, y seguidamente, acostados en la arena, tratan de encontrar la silueta de su anhelado cuerpo entre las escasas nubes que salpican el cielo. En los momentos de excesiva melancolía, alguno de ellos ocupa el papel de la chica y bailan tangos a la luz de la luna, que lo invade todo del color azulado de los pasados perdidos.