811. EL ELEGIDO
Acuarela Martinez | Valeria Del Forn

EL ELEGIDO

Esta encrucijada me tiene agobiada. ¡Qué indecisión!
Hago un paseo visual entre los presentes y cualquiera de ellos parece elegible para mi proyecto.
El último de la izquierda, de boina oscura a medio lado, tiene una mirada seductora. Es atractivo y muerde sus labios con sarcasmo mientras mastica con gracia un tomate moruno que le acaban de traer. No es que eso importe mucho en este caso, pero no lo quiero perder de vista.
El chico de los pantalones anchos tiene una apariencia demasiado infantil. Está sentado justo detrás de mí, en una pequeña mesa para dos y habla sin cesar a su acompañante. Comparten un Poke y me temo que se quedará con hambre, si sigue su charla ya que el otro chico aprovecha de engullir casi todas las porciones. Me desespera la rapidez con la que habla, parece nervioso. Descartado. Necesito a alguien equilibrado y que no se vaya por las ramas.
Aquel rubio misterioso de lentes podría ser aspirante. Apenas se escucha su voz en la distancia y suena sugestiva. Eso me atrae en un hombre. Verlo allí, cerca del ventanal iluminado, campaneando su trago en una pose encantadora, me produce un magnetismo difícil de disimular. Lo tendré en cuenta.
Del grupillo de los insubordinados del fondo del pasillo, ni hablar. Antes de ocupar la mesa, armaron un alboroto tremendo en la sala de espera. Son cabezas huecas, seres que vienen entorpecer la labor de los que realmente hacen algo por el prójimo. Como yo, que aspiro a descubrir un ejemplar impecable que sacie mis propósitos y estos críos no me aportan mayor valor.
Otra alternativa es el vigilante que hace de portero. Es moreno, alto y adicionalmente galante, a pesar de ser una hora complicada por la alta afluencia de personas. No se si soportará mucho tiempo mis exigencias. Cada vez que llego y traspaso la puerta, se muestra solícito para facilitar mi tránsito, haciéndome sentir una aristócrata. Viéndolo bien, cumple con los requisitos físicos y puede que, si lo intento, me sorprenda con destrezas inimaginables.
La última opción que veo esta noche es el Barman. La pericia con la que prepara las bebidas, me hace pensar que sabe lo que hace. No se si es exactamente eso lo que quiero, pero cuando agita las mezclas, observo un magnífico tatuaje que combina con su camisa remangada y luce adorable. Podría considerar este candidato, sin duda.
Probablemente este no sea el territorio más idóneo para satisfacer mis demandas. La comida es tan buena, que me cuesta concentrarme en la búsqueda. Da igual. Cualquier lugar puede esconder ese diamante en bruto que he de moldear a mi capricho.
Mi única pretensión al venir hoy a Lamucca, además de extasiarme con sus creaciones, es encontrar a ese hombre, que será el protagonista de mi próximo cuento.