EL ENCUENTRO ETERNO
Dante Ferrel Fernández | DYLAN CRUZ

Votar

La noche envolvía la ciudad con su manto oscuro, y yo caminaba solo por las calles vacías, perdido en mis pensamientos. De repente, una figura se materializó frente a mí, tan etérea y pálida como la luna en el cielo nocturno. Su presencia era abrumadora, como si el peso del universo descansara sobre sus hombros.

«¿Quién eres?», pregunté con voz temblorosa, aunque en el fondo sabía la respuesta.

Ella sonrió, una sonrisa triste y enigmática que parecía contener siglos de sabiduría y experiencia. «Soy la Muerte», dijo con una voz suave como el susurro del viento.

Mi corazón se detuvo en mi pecho, y sentí un escalofrío recorrer mi espalda. La Muerte había venido a buscarme, como lo hace con todos en algún momento u otro. Pero en lugar de sentir miedo, sentí una extraña sensación de paz y aceptación.

«¿Por qué has venido por mí?», pregunté, aunque en el fondo ya conocía la respuesta.

La Muerte se acercó lentamente, sus ojos vacíos fijos en los míos. «Es tu hora», dijo simplemente, como si fuera la cosa más natural del mundo. «Pero antes de llevarte conmigo», continuó la Muerte, «quiero hacer una pregunta».

Asentí lentamente, resignado a mi destino.

«¿Qué harías si supieras que esta es tu última noche en la Tierra?», preguntó, sus ojos vacíos fijos en los míos.

Me quedé sin aliento, sorprendido por la pregunta. ¿Qué haría si supiera que esta era mi última noche en este mundo? La respuesta surgió de lo más profundo de mi corazón.

«Haría las paces con mi pasado», respondí sin vacilar. «Diría las palabras que nunca tuve el coraje de decir, y haría las cosas que siempre pospuse por miedo».

La Muerte inclinó la cabeza, como si estuviera satisfecha con mi respuesta.

«Quiero una última oportunidad», dije con determinación. «Una última noche en este mundo, para hacer las paces con mi pasado y despedirme de aquellos a quienes amo».

La Muerte negó con la cabeza, dándome a entender que ya no había vuelta atrás «Demasiado tarde», dijo con suavidad.

Asentí con resignación, sintiendo un peso enorme posarse sobre mis hombros. Ya no había una última oportunidad de redención antes de cruzar al otro lado. ¿Qué más podía hacer?

Mientras me lamentaba ella apareció frente a mí una vez más, su presencia imponente pero reconfortante. «¿Estás listo para partir?», preguntó con suavidad.

Asentí con voz quebrantada. «Sí», dije. «Estoy listo».

Y así, tomé la mano de la Muerte con calma y resignación y me dejé llevar hacia lo desconocido, sabiendo que mi viaje apenas comenzaba.