1372. EL ENTIERRO DE FULGENCIO HUERTAS
VANESA HERNÁNDEZ AMEZ | MIRCALLA

– Por favor, sea breve – apremió la viuda al hombre de gris que mezclaba cuidadosamente el cemento con una paleta en un gran cesto sucio.
Se atisbaban nubarrones negros que preludiaban la inminente tormenta. Comenzó a levantarse un aire impertinente que se colaba en las ropas de los escasos asistentes al funeral de Fulgencio Huertas.
Cuando el nicho se hubo sellado, el hombre de gris descendió de la escalera, cargó sus bártulos en la furgoneta y, tras una casi imperceptible reverencia, arrancó el motor y se alejó por el lúgubre pasillo.
El enjambre de nubes negras se cernía amenazador sobre las cabezas de las figuras enlutadas. Un hombre con sombrero miró al cielo y huyó.
Tras persignarse, dos ancianas se retiraron y poco después se dispersó el resto del grupo.
Sola ante el nicho Amparo Gastón de Huertas miró al cielo y pensó: “Ahora”.
Un temblor sacudió la tierra. Se había desatado la tormenta. Durante los instantes previos a las primeras gotas de lluvia, el velo de la viuda se agitó silencioso, como un cuervo aleteando entre los nichos.
Al girarse, dispuesta a irse del cementerio con una leve sonrisa triunfal, Amparo creyó oír un rasgar de uñas desesperado. De inmediato, se alejó con un enérgico taconeo que ahogó deliberadamente cualquier atisbo de vida.