EL ENTIERRO
ELISA MONTOYA SANTOS | FRESNO GUITIÁN

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EL ENTIERRO



Con el golpe, el ataúd color claro se abre y deja ver una mano inerte que parece querer acariciar la tierra. La caja de Felipe se había desplomado contra el suelo con un estruendo que estremeció a los presentes. Los dos hombres que sujetaban el ataúd de nogal habían resbalado en la gravilla suelta del cementerio, soltándolo. Estaban allí porque así lo había encargado la viuda, que no era tal, sólo la persona que había acogido en su casa a Felipe, a cambio de un poco de compañía. Nunca se acostaron juntos, a pesar de las habladurías de la gente de aquel pueblo que no tiene enterrador.

Como no hay enterrador, la viuda

que no es viuda porque nunca se había acostado con Felipe a pesar de las habladurías, y es sólo quien lo acogió en su casa para que no estuviera tan vacía, había encargado a dos hombres la tarea de enterrarlo. Y allí están, en el cementerio, rodeados de gente y temblando de miedo, con un pesado ataúd de nogal en las manos. Por culpa de la gravilla suelta y de los nervios, los hombres resbalan y la caja de Felipe se desploma contra el suelo con gran estruendo, y estremece a los pocos presentes. Con el golpe, el ataúd color claro se abre y se puede ver una mano inerte que acaricia, por fin, la tierra.