315. EL ENTRECOT
Carlos Fernández Salinas | Fomalhaut

Lo había visto al entrar, como una ráfaga: filetes de ternera a once sesenta. No está mal, pensé, nada mal, máxime a últimos —ultimísimos— de mes. Así que después de comprar el mínimo indispensable, me dirigí resoluto en busca del mostrador de productos cárnicos, ese lugar donde conviven las grasas de origen animal en igualdad de derechos, que no de precios, conviene no olvidarlo. Gracias a una experiencia labrada en el día-día, pedí no tres sino dos filetes, que de todos es conocida la generosidad de los carniceros a la hora de liquidar su genero.
—Finitos, que son para la plancha —advertí al ver las ganas con las que el profesional afilaba su instrumento. Receloso, éste interrumpió su labor y me miró de hombre a hombre, como si quisiera hacerme partícipe de una conspiración.
—Mira, tienes el entrecot, que aunque te sale un poco más caro está muy jugoso —me confesó enarcando una ceja en espera de mi respuesta.
¡Acabáramos! ¿Qué miserable se iba a oponer a que los suyos disfrutasen de tan nombrada variedad, reservada a notarios, deportistas de élite y mineros prejubilados? No, no iba a ser yo, faltara más, así que asentí orgulloso, seguro de mis actos, es más, le pedí que añadiera otro filete, que eso era poco alimento para la gente dadivosa, momento que aprovechó mi interlocutor para aumentar el grosor con total impunidad. Que nadie piense que en algunos artículos los supermercados no ponen el precio por mero despiste, que lo hacen por humanidad, para que tu corazón no salga corriendo cual gallina asustada, que eso es lo que hizo el mío cuando el artesano de la carne depositó mi pedido en la báscula e introdujo los códigos con la precisión de un ingeniero nuclear. Intentando mantener el tipo, cogí la bolsa y me batí en retirada en busca de la salida. Deambulaba por los estantes como un boxeador sonado. Fui hacia los congelados y fingiendo que comprobaba la calidad de la criogenia, dejé caer la bolsa del entrecot al lado de los palitos de merluza. Cauteloso por no despertar sospechas, pero aliviado por haberme librado de semejante hipoteca, me dirigí, ahora sí, a la caja donde tras depositar triunfalmente mi compra pagué la cuenta como quien paga un piso a tocateja. Fue cuando saltaron todas las alarmas. Bajo el rugido de mis tímpanos vi cómo corrían hacia mí el gerente y varios empleados, amén del vigilante de seguridad dispuesto a ganarse por una vez el jornal. Creí incluso ver a un fotógrafo esgrimiendo la prueba de mi delito. Al llegar a mi altura estallaron en vítores y aplausos.
—¡Enhorabuena! ¡Es usted el cliente número cien mil, su compra le acaba de salir gratis! —Mientras me izaban a hombros miré hacia atrás, en busca de mi delicioso entrecot. Apuntaba con mi mano como Colón al Nuevo Mundo. Quise decir algo, pero o no encontré las palabras o simplemente éstas no me obedecieron.

—Fin―