920. EL ESCONDITE
Wladi Martín | Wladi

Hace poco, mi madre hablaba con una anciana amiga. Recordaba con claridad una anécdota que yo mismo protagonicé y que voy a narrar en forma de cuento. Sirve de ejemplo para ilustrar lo que somos capaces de hacer: huir (sin que parezca una fuga). El cuento se refiere a un niño, a una anécdota infantil. Pero creo que todos conservamos un mecanismo similar; de la misma forma que todos conservamos algo del niño que fuimos.

Vamos con el cuento y ustedes deciden.

Eran varias familias de emigrantes que se juntaban a menudo para conservar, en cierto modo, su procedencia. Había varios niños en dichas familias y acabaron cultivando mucho la amistad entre ellos.

En una de esas reuniones, tras cenar todos juntos, los niños se pusieron a jugar al escondite en plena casa. El niño protagonista del cuento tendría unos seis años. Era el más menudo de los que jugaban a esconderse y esperar que uno de ellos les descubriera. Los demás, unos cuatro, eran mayores todos. Incluso su gran amigo, Arturito, tenía un par de años más de edad, que él.

Fue precisamente Arturito quien propuso un escondrijo fenomenal en el hueco alto de un armario empotrado. Con las prisas y el nerviosismo de que se iba a iniciar la búsqueda debió olvidar su propuesta y marcharse a buscar refugio. Pero el destinatario de dicho ofrecimiento no lo olvidó y con asombrosa agilidad se encaramó en el altillo, sin que nadie le viera. Cerró desde dentro la portezuela y esperó nervioso a ver el resultado.

Pasó un buen rato. Oyó voces pero nadie le buscaba en el fenomenal escondite. De manera que el niño decidió prolongar su gran victoria. Las voces dejaron de oírse y pasó el tiempo. Debieron ir a buscar en otra habitación. Tanto tiempo pasó que parecía ridículo salir. En ese momento el efecto de la aparición se diluiría, sin testigos presenciales. Había que elegir un gran momento.

La lucha entre la espera y el sueño (era después de cenar) parecía un pulso. Ahora parecía ganar la espera, ahora parecía ganar el sueño. Hasta que ganó el sueño.

El niño se quedó dormido y nadie era capaz de encontrarle. Como broma ya empezaba a ser pesada por el largo rato transcurrido. Los niños, ya todos descubiertos, empezaron a llamar a gritos al ausente. Nada.

Los adultos debieron escuchar los gritos y se unieron a la búsqueda con un poco de angustia. No se podían creer que hubiera desaparecido como explicaban los retoños.

En una de esas, creo que el dueño de la casa, abrió el compartimento del armario donde el niño empezaba a desperezarse. Se llevó una gran sorpresa.

– “Aquí está” gritó.

En esas, el niño fue despertando mientras los demás acudían a la habitación del armario.

Jugó, fue protagonista y además echó una cabezadita.

¿Cuántos no estarán jugando, sintiéndose protagonistas, mientras no dejan de estar dormidos?