EL ESPADÓN DE LOJA
ELISA MONTOYA SANTOS | FRESNO GUITIÁN

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EL ESPADÓN DE LOJA





1

La lluvia de febrero, en su pueblo, siempre era nieve en los altos. Tal sentencia nunca había consolado a Ramón María Narváez, que siempre aborreció la medianía, eso que todo lo concita y todo lo frustra. Le gustaba Madrid, azul o amarillo, poder o miseria, gloria o ruina. Y todo se barruntaba en Madrid, para ese verano de 1868: el Retiro agostado, la miseria de la reina y su propia muerte. Nunca volvería a disfrutar de su limpia brisa desde el Viaducto, al que solía ir paseando desde el Palacio Real; tampoco lo haría Isabel, ni su corte de los milagros. Se atusó el bigote cano y se acercó la mano a la boca para toser.



2

Una mañana de finales del siglo XX, dos hombres descubrieron, atónitos, que el Viaducto había amanecido protegido por cristales empapados por la lluvia de febrero. Maldijeron su suerte mientras lamentaban no haberse decidido a tirarse la víspera. Concentrados en sus propios pensamientos, no habían reparado el uno en el otro. Ambos oteaban hacia el sur, donde la caída hasta la calle Segovia era mayor, y la perspectiva de la ciudad, recién levantada, más amplia. Uno de ellos, hombre escueto y robusto, palpaba la junta de los cristales y estudiaba las posibilidades de saltar por encima. El otro hombre, Ramiro Fernández Narváez, ya había desistido. Apoyado, indolente, contra la barandilla, se sorprendió a sí mismo disfrutando de los colores del amanecer, de un rojo irreal gracias a la contaminación. Observaba también al que se hubiera convertido, de no ser por los malditos cristales, en compañero de suicidio. Aquel hombre, enjuto y tozudo, le recordó a su tío abuelo, ¿o tal vez fuera tío de su abuelo?, que alcanzó fama y fortuna, y que hizo, según contaba siempre su padre, grandes obras para la España de Isabel II. El dinero de tan glorioso familiar había durado hasta ese momento, para que él, Ramiro Fernández, viviera holgadamente de las rentas de un puñado de fincas en Extremadura.

Ramiro se acercó al otro hombre que todavía pugnaba contra aquella burla del destino en forma de cristal antisuicidas.

—Déjelo —le dijo en tono conciliador —, otra vez será. Si quiere, le invito a un café.

—¿Por qué? —contestó, sombrío, el hombre.

—Tiene usted un aire que me resulta familiar.



3

Ángela carraspeó antes de proseguir su disertación: Ramón María Narváez es el mejor representante del liberalismo moderado en España, y Espartero, del liberalismo progresista. Ambos fueron enemigos y se enfrentaron en varios momentos de la etapa. Aquella mañana brumosa de febrero apenas iluminaba un aula que necesitaba de la luz blanquecina del fluorescente. Arrugó el papel con sus anotaciones y se preguntó qué hacía ella explicando una vez más a la dichosa Isabel II, ciento cuarenta años después de su destronamiento.