1020. EL ESTADO DEL BIENESTAR
Miguel Ángel Escudero Eble | Antonello Riva

Me desperté de una larga siesta y puse la televisión. El presidente estaba dando una rueda de prensa. En ella comunicaba oficialmente que se estaba produciendo un apocalipsis zombi y que se decretaba la ley marcial. En el momento en que culpaba al anterior gobierno por no haber tomado las medidas adecuadas para evitar este desastre, un par de zombis vestidos con traje y corbata se abalanzaron sobre él y empezaron a devorarle.

Me recluí en mi casa. Las emisiones de radio y televisión cesaron al día siguiente. La cosa parecía ir muy mal. Pero yo tenía muchas latas de conserva, linternas y un hornillo de gas, así que estaba preparado para aguantar mucho tiempo. El problema surgió cuando me quedé sin tabaco. Tenía que salir. No era un buen momento para dejar de fumar.

Abrí la puerta. Caminé por el pasillo y entré en el ascensor. Había manchas de sangre en las paredes. Pulsé el botón del bajo. Cuando se abrieron las puertas allí estaba la portera, que se abalanzó sobre mí y me mordió en la oreja. La empujé con fuerza provocando que cayera de espaldas, lo que aproveché para volver a meterme en el ascensor y cerrar las puertas. Me miré en el espejo y vi que tenía la oreja colgando. De la impresión me desmayé.

Cuando desperté, las cosas habían cambiado. Era un zombi. Un puto zombi. Al principio me costó aceptar la nueva situación y lloré como un chiquillo. Pero, poco a poco, me fui dando cuenta de que ser zombi no estaba tan mal. Sin trabajar. Sin pagar impuestos. Todo el día de aquí para allá sin ninguna preocupación. Y aunque no comieras no te morías de hambre. Éramos unos inmortales haraganes. De vez en cuando, algunos idiotas deportistas perseguían a los pocos no infectados que quedaban; yo no, yo me dedicaba a la vida contemplativa. Incluso visitaba los museos, cosa que no hacía antes.

No había que peinarse, ir al dentista, cenar con los suegros… Era una sociedad perfecta. Pero tuvo que llegar un zombi prodigio e inventar una cura. Al desgraciado le pusieron una estatua.