267. EL ESTRELLADO
Jordi Martinez | Jota Barbas

Yo iba para estrella de Hollywood, pero nací en Cuenca.

Lo tenía todo para triunfar en la industria americana: un padre que nos abandonó cuando éramos pequeños, una madre adicta a los somníferos y una especial predilección por las camisas hawaianas y las gafas de sol en pleno febrero.

Por si eso no bastara para ser reconocido como el mejor actor de todos los tiempos, también dominaba el noble arte de inventarme un pomposo curriculum, algo mucho más difícil de lograr de lo que la gente cree. No solo basta con convencer a los directores de que el tipo que interpretaba al hombre invisible eras tú, también es necesario inventarse una lista infinita de festivales indie en los que has sido galardonado como el Almendralejo’s Fest, el GastroFestival de Cine La Panza de Hitchcock o el prestigioso International Film WorlWide PopCorn On The Sofa Ramirez e Hijos.

«¿Cómo? ¿Qué no los conoce? A ver si es que va a estar usted un poco out, señor Scorsese”

Otro aspecto fundamental para tener tu estrella en el paseo de la fama y que, humildemente, yo dominaba a la perfección era el tema de exigir rarezas por contrato. Que nadie me mirara a los ojos durante todo el rodaje o que el catering estuviera repleto de huevos de faisán albino eran las básicas, pero mi favorita era la de contratar a Stallone como perchero para mi camerino. Un papel que, dadas sus dotes interpretativas, podría llegar a bordar con estudio y esfuerzo.

Eso era así, si querías que estuviera en tu rodaje te lo tenías que ganar. O, mejor dicho, eso hubiera sido así si, como he dicho al principio, mis progenitores no hubieran tenido la pésima idea de darme a luz en Villalgordo del Marquesado, tierra desde la que ningún avión conecta con Los Ángeles.

Al menos, y eso he de reconocerlo, tuvieron el detalle de llamarme Oscar.