454. EL FAQUIR QUE ODIABA LOS GARBANZOS
David Cano Tur | dacatur

Siempre había querido ser Superman. Por eso, recorría en calzoncillos toda la casa. Cuando descubrió su debilidad, como todo superhéroe, decidió hacer un curso de faquir por correspondencia. Los mayores obstáculos de nuestra vida son las barreras que nuestra mente crea. Su padre, oficial de la Fábrica de Armas de Toledo, le suministraba las espadas de frío acero y su madre, que trabajaba como limpiadora en la Real Fábrica de Cristales de La Granja, escondía bajo el uniforme los vidrios desechados al término de la jornada. Su primo, representante de Pikolin, adaptaría oportunamente los colchones más adelante.

Veintinueve muertes lleva contabilizadas la Asociación Internacional de Tragasables en sus 145 años de existencia. Eso quiere decir que cada cinco años un faquir muere ejerciendo su oficio. Su máxima inspiración, el artista Daja-Tarto, se enterraba bajo la arena de una plaza de toros hasta que terminaba la corrida. Cuando falleció, su último deseo fue que su ataúd estuviera forrado de cristales rotos y su cuerpo envuelto en papel de lija. Un faquir es capaz de detener los latidos de su corazón. Todo es cuestión de concentración. Un buen profesional debe controlar un montón de músculos y actos reflejos. El dolor es sólo una manera que inventa el sistema nervioso para proteger al cuerpo.

La voz árabe “faquir” tiene como significado “el que necesita”, había leído en el capítulo segundo del manual. Así, cuando su abuela le invitó a comer menudo aquel fin de semana, creyó ver el momento adecuado para demostrar sus capacidades. Sólo despojándose de los placeres de la vida es posible alcanzar la iluminación, continuaba el texto.

Te han vuelto a salir duros los garbanzos, atinó a decir mientras dos lágrimas furtivas resbalaban por sus mejillas.