EL FRUTO DE LA NADA
CHRISTIAN RIBEIRO PIRES | DÁMASO RODRÍGUEZ

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El recuerdo vívido de un encuentro que no prometía ningún futuro, se sedimenta en mi pecho como un ardor dolorosamente placentero. Lo que el tiempo no garantizaba, se encuentra hoy firmemente asentado en la visceralidad de mis entrañas, sin dar pábulo al olvido que hace del dolor su aliado y carcome la sinopsis cerebral que busca en la ensoñación diaria un encuentro presente con lo que ya fue y nunca más podrá volver a ser.

Rememoro de tanto en tanto, tratando de no malograr la belleza de aquella noche, la primera vez que nos pudimos dar cita en persona. Es ese momento en el que todo se juega y se sabe instantáneamente si lo que se ha hablado antes puede alcanzar buen puerto. En perspectiva, el pasado adquiere la egregia posición de una concatenación causal refrendada por la necesidad. Todo parecía dispuesto como si el encuentro no se fuera a agotar en esa noche, que por momentos adquiría una perspectiva universal, abarcando la entera individualidad de cada uno. Nos conformábamos hacia un futuro no predeterminado, sino asentado en la casualidad de nuestro deseo.

El tiempo otorga el futuro, un futuro asentado en la nada de nuestras voluntades, que como hacedoras marcaban un proyecto que podía extenderse en línea recta. Sin embargo, el tiempo igualmente separa lo unido ex nihilo. Odio el tiempo, el transcurso de cada instante. Aborrezco el alejarme cada vez más de aquella noche, pero agradezco una vida en la que no vivo en la simultaneidad perpetua de aquel presente. La posibilidad se realizó, pero lo construido fue desecho por la finita mortal del cuerpo. El tiempo unió dos cuerpos y los separó.

Todavía mi mejilla recuerda en su carne el primer beso que me dio, dulce y templado, delicado y henchido de emoción. Es una marca indeleble que llevo en el tiempo.