1024. EL FUNCIONARIO SEDENTE
Borja Sáez de Lafuente Olarza | The devil inside

Llegué pronto al edificio sito en la Gran Vía, mi particular Vía Crucis, donde descansaba el oráculo de la Seguridad Social.
Me acerqué por décima vez en las últimas semanas hasta la mesa de un funcionario con dos post-its pegados en su ordenador que me hicieron suponer estaría desbordado de trabajo. Sus manos entrelazadas certificaron mis sospechas.
“Un funcionario no procrastina, un funcionario actúa. Real Madrid – Rayo Vallecano…¡Me la juego! Una equis.” – Pensaba para sí. De pronto levantó la mirada, y aparecí yo, como un miércoles cualquiera, en el puto medio. Su rostro se tensó, me miró como si hubiera echado por tierra el meritorio final a su nueva teoría sobre el bosón de Higgs, y con voz nasal me espetó:
– Si no tiene cita no puede pasar.
– A las 10:30 — respondí apocado. Nos habíamos visto tantas veces en las dos semanas precedentes que bien podríamos llamarnos por nuestros nombres de pila.
– No puedes entrar antes de la hora — contestó espontáneamente el bisoño vigilante de seguridad situado a mi lado. Miró el reloj el mayor de los dos—. Ahora son y diez, vuelve en un cuarto de hora —añadió afable.
El señor funcionario, impertérrito, seguía sumido en el proceso mental de aceleración de partículas elementales, en esta ocasión más concentrado si cabe, con los ojos cerrados, la boca entreabierta y la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás. Los sonidos ininteligibles que emitía y su respiración profunda alentaron mi esperanza: “¡Dios, creo que tiene el nuevo teorema resuelto!”.
Volví a la hora indicada. La mesa del funcionario estaba vacía. Elaborar una teoría sobre las partículas elementales o rellenar una quiniela podían ser tareas agotadoras para un hombre que vivía centrado en proteger con ambas manos la perenne tumefacción de sus huevos. “Habrá salido a disfrutar de su merecido descanso” pensé con maldad. Le deseé suerte en la resolución del conflicto físico-nuclear que intentaba desenredar, en la quiniela que le arrancara definitivamente de aquella silla a la que parecía estar condenado o en cualquiera que fuera el asunto que le impelía a forzar su cerebro hasta casi el colapso.
Como en las nueve ocasiones precedentes, el oráculo requirió un nuevo documento que avalara la veracidad de aquello que solicitaba. Al bajar, el funcionario permanecía inmóvil. Comenzaba a preocuparme.
Una semana después volví enarbolando el flamante documento que pondría fin a mis interminables tribulaciones en aquél antipático edificio. Papel que mostré orgulloso al replicante que trabajaba con denuedo por escapar de su azarosa existencia.
En tan solo diez intentos, “Diez días y nueve noches, como en los hoteles”, el trámite estaba zanjado. Bajé las escaleras apresurado, radiante. Allí estaba, el buda sedente de los dos post-its, con los ojos en blanco y un hilillo de baba deslizándose por la comisura de sus labios.
– Su esfuerzo ha obtenido su recompensa. Lo tiene, ya ha alcanzado el nirvana. ¡Animalico!.
Me acerqué a su mesa y con sumo cuidado, le dejé en su frente un beso envenenado.