EL FÚTBOL ES ASÍ
Carlos Félix Jiménez Lacima | JLACIMA

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Odio el fútbol, me desespera. Siempre que he tocado un balón ha ocurrido algo horrible: una ventana se ha roto, la pelota ha impactado en la cara de alguien o —al pisarlo a lo Juan Román Riquelme— he caído de bruces al suelo. Y allí estaba mi mejor amigo —delante de mí— con dos entradas para acudir por primera vez a un estadio de la capital.



A pesar de que cuento con avanzada edad, no he ido a un recinto deportivo en mi vida. Me considero un intelectual procaz y —como tal— solo consiento en ir como público a ver partidas de ajedrez o —si acaso— alguna de backgammon, que no quiero parecer elitista. Pero —en este caso— no podía decir que no.



Bien, cuando alcanzamos los aledaños del lugar lo primero que hicimos —como buen hincha del deporte rey— fue cubrir nuestro cuello con la bufanda del equipo local, no pensaran que nuestra intención era animar a los visitantes. A esos ni agua, me decía el subconsciente. Más tarde —haciendo tiempo— fuimos a tomar algo a la terraza de moda. Si bien —según el manual— asegurándonos de que no hubiera ni aficionados alemanes, ni aficionados ingleses, ni abundante cerveza. Lo carga el diablo. Optamos por un Bitter Kas bien fresquito y unas olivas, que siempre pegan. Ya —desatados por la cercanía de la hora— nos apresuramos hacia la puerta correspondiente para entrar al estadio.



Mi intención —una vez ocupamos los asientos— era no parecer un novato. Así que lo primero que hice —al llegar— fue soltar al tipo de al lado algo así como: <<¿Habrán regado el campo? Así nos aseguramos de que vaya rápida la bola>> o <<¡Demonios! Presiento que veremos un gran partido…>>. El buen hombre —que no volvió a dirigirme la palabra en los noventa minutos— masculló. Posiblemente, pensando que le había tocado al lado el primo de Jorge Valdano.



El árbitro —soplando el silbato— dio inicio al partido. Yo —sobreexcitado— me preparé para cuando hubiera algún gol. Me había propuesto, bien celebrarlo como se merece —gritando a pleno pulmón—, bien maldiciendo si el gol era en contra. Sin contemplar que los empates existen, que los partidos aburridos también forman parte del juego o que nadie esperaba nada de mí.



Llegó el descanso. Charlé algo con mi buen amigo —que estaba feliz de tenerme allí con él— y enseguida empezó la segunda parte. El partido había sido bastante aburrido hasta el momento —pintaba que sería igual— y recordé que no estaba de más criticar al árbitro, así que expresé una tontería tipo: <>. A lo que todos rieron. Excepto el buen hombre de al lado que ya me había catalogado de pelmazo.

Entonces llegó el ¡gol de nuestro equipo! En el tiempo de descuento. La gente gritaba de alegría. ¡Aplaudían! Yo —desaforado—, sin fingir, me dejé llevar. Prometiéndome regresar, como aficionado, a ver al equipo que —desde aquel momento— se convirtió en mi devoción.