EL GERVI
Reka Refojos González | FOIXOS

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Apago el ordenador y me incorporo. Tapo mi desnudez con un guiño a la sombra que se refleja en la pared. Me gusta navegar por Internet sin más ropa que mi bronceado de solárium. Mis pasos me llevan al baño, larga y perfumada será la ducha. Tengo una cita. Miro al espejo y me digo: «Gervasio, que guapo eres y que bueno estás!»

Es sábado, son las siete de la tarde y el McDonald’s está abarrotado. Entro con decisión y busco una mesa vacía. Misión imposible. Como un buitre carroñero en la sabana africana esperando a que la manada de leonas finalicen su banquete, así me sitúo yo en medio del local, esperando y al acecho. Después de veinte minutos, media docena de codazos y un «aparta de ahí atontao», consigo mi objetivo. Me siento. Ya falta menos. He quedado con ella a las ocho. Sé que a mis cuarenta y siete años, arrogante soltero y con más de un ciento de citas (fallidas) debería de estar tranquilo, y lo estoy, aunque el sudor de las manos no lo puedo evitar. Será algo genético. Me las froto en el vaquero, saco mi peine del bolsillo trasero y arreglo un poco el flequillo. Todo en orden. Apenas faltan cinco minutos. Suspiro.

Lo único que sé de ella, aparte de su nombre, Luci, y el color de su pelo, rubio de bote, es que tiene 23 años y que se muere de ganas por conocerme ─eso me escribió anoche en el chat─. No sé el aspecto que tiene su cara. En ninguna de sus fotos muestra el rostro, es muy tímida, pobrecita. Claro que conozco su colección completa de Woman Secret, así como los catorce rosarios que adornan sus pechos, siempre a juego con la ropa que corresponda en cada momento. Hoy quizás venga con el de cuentas verdes. Ojalá.

La alarma del móvil me grita que ya son las ocho. Es la hora. Me levanto, sin moverme de mi privilegiado asiento en medio de la hamburguesería. No la veo. Son muchas las chicas rubias que pasan cerca de mí pero ninguna lleva rosario. Me vuelvo a sentar. De nuevo saco el peine de su escondite pero decido volver a guardarlo, no quiero que me vea atusando el pelo. Con la cámara del teléfono compruebo que cada pelo está donde debe estar. «Qué guapo eres y que bueno estás», me repito una y otra vez admirando mi perfil a través de la cámara del móvil. Me pongo de pie una vez más. Aún no llega, no pasa nada. Un repentino pinchazo en el bajo vientre me pone en alerta. «Tranquilo, Gervi, tranquilo», me digo. Miro el reloj, son las 8:45. Una segunda punzada en los bajos fondos, esta vez más fuerte, me hace retorcer. Miro hacia todas las esquinas del local. Mi Luci no está. Pues si que se está retrasando. El apretón no perdona y salgo por piernas hacia el lavabo. A la mierda la cita. Seguro.