EL GRIFO, EL FONTANERO Y LA VIUDA
Francisca Paula Olivares Bellón | Paca Paula

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EL GRIFO, EL FONTANERO Y LA VIUDA.



Seguro que llega tarde: lo normal cuando tratas con la dictadura del proletariado. Las doce y media, bueno, dijo que vendría de doce y cuarto a una menos cuarto… Me es muy molesto tener cualquier avería en casa; ahora toca arreglar el grifo del fregadero porque, como siempre, cae continuamente esa gota molesta; con la sequía es poco cívico seguir con esa pérdida de agua. Por fin, ya está aquí, y dentro de la franja horaria señalada… Muy amable el fontanero, da gusto que las personas sean educadas… Me llama. A ver qué quiere… ¡Lo sabía! El grifo es muy viejo y hay que reemplazarlo, por fortuna volverá esta tarde con uno nuevo y lo instalará en un pispás. Ya veremos. Tenía pensado salir a hacer la compra de la semana, pero, bueno, lo dejaré para mañana.

Las diecinueve horas, llega justo a tiempo. Estupendo. Lo cierto es que, además de ser puntual, es bastante atractivo, fuerte y simpático; tiene algo en la mirada que cautiva, ese brillo de pícaro y avispado que siempre me ha llamado la atención en un hombre.

El trabajo se ha complicado un poco, parece que el fregadero es tan antiguo que cuesta colocar el grifo nuevo, pero dice que no me preocupe, que lo pondrá cueste lo que cueste; se ve que es un buen profesional, además de testarudo. La testarudez también es una característica que me atrae en los hombres: mi difunto marido era un cabezota de primera y siempre conseguía lo que se proponía.

Todo arreglado. La factura es de ciento siete euros incluido el material; no me parece exagerado, porque el grifo es de calidad y ahora funciona a la perfección…

¿Cómo? ¿Qué dice? ¿Salir a tomar una copa? ¿Se puede ser más descarado?… ¿Por qué no? Hace tantos años que no tengo una cita… El descaro también es una característica de mi agrado en un hombre. Mejor no lo pienso y me echo a la calle con él; voy a hacer una locura, como si tuviera veinte años, como si no tuviera dos hijos casados y cuatro nietos, como si el tiempo y los años no existieran. Sí, me echo a la calle con el fontanero y que sea lo que Dios quiera…

Aquí estamos, él con el uniforme algo deslucido y yo con el equipo de andar por casa; aquí estamos los dos contándonos nuestras vidas, como si charlar sobre nuestras intimidades no tuviera importancia; aquí estamos, sentados en la mesa del bar más cutre del barrio, abriéndonos en canal el uno al otro, sin prejuicios, con espontaneidad, abiertos a lo que venga sin cortapisas.

Pues sí, he pasado uno de los mejores ratos de mi vida, y se va a volver a repetir: hemos quedado mañana para ir al cine y cenar en un buen restaurante, así nos resarcimos del vino barato y las tapas grasientas de la tasca cutre del barrio.

Adoro la fontanería.