1097. EL HECHIZO
CARMEN TORRENTE | Nozomi

Comenzaba a amanecer cuando Fernando abrió la puerta de su casa. Necesitó de varios intentos para acertar con la llave correcta. En ese momento se arrepintió de haber tomado la última copa, esa que siempre sienta mal. El espejo de la entrada le devolvió la imagen de un tipo bajito y regordete embutido en un disfraz quijotesco. De repente, percibió una sensación extraña. Avanzó por el pasillo con cautela siguiendo la estela de un aroma a libro antiguo, una mezcla de vainilla y almendra con tintes florales, que le llevó hasta la biblioteca. Empujó la puerta con el ímpetu y valor que proporciona un elevado nivel de alcohol en sangre. Un tipo ataviado con el mismo disfraz que él permanecía arrellanado en el sillón de lectura. Leía con interés de investigador el volumen del Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.
—¿Qué haces en mi casa? —bramó Fernando, elevando en el aire un puño amenazante.
—Soy el protagonista de esta novela —replicó el intruso, acariciando con la mano el relieve del libro.
—Y yo —dijo Fernando en tono jocoso, mostrándole el disfraz.
El hombre alzó la visera del yelmo con el que se cubría la cabeza, dejando ver por la rendija unos ojillos airados.
—¿Cómo osas, mentecato? —exclamó, arrojando el casco al suelo.
El joven dio un paso atrás.
—Yo acabo de salir de ese tomo —el intruso señaló con un dedo sarmentoso el volumen de la ínclita novela—. Soy el auténtico Don Quijote. Y tú, patán, ¿de dónde diantres has salido?
—Del after —dijo Fernando, recordando la fiesta de disfraces.
—¡¿After?! —repitió el visitante irritado—. ¿De qué hablas, prevaricador del lenguaje?
El muchacho pareció relajarse al valorar que el tipo no presentaba una amenaza real, con toda probabilidad se habría escapado de una residencia de ancianos.
—Venga, abuelo —dijo en tono paternal—, tienes que volver a tu hogar.
El autoproclamado Quijote irguió una larguirucha y cenceña figura, haciendo cimbrear la armadura de hojalata que cubría su cuerpo.
—¿Cómo te atreves a ningunearme?
—No te enfades, tío —dijo Fernando, pasándole el brazo por los hombros.
El intruso se zafó del abrazo y le propinó un empujón que lo llevó al suelo.
—Necesitas el bálsamo de Fierabrás —apreció el hidalgo al comprobar que Fernando estaba a punto de vomitar.
Acto seguido, se arrodilló junto a su anfitrión y le obligó a tragar el ungüento. El muchacho barboteó unas palabras antes de perder la consciencia.
La generosa tunda de cachetazos propinada por Don Quijote lo despertó.
—¿Por qué me pega vuestra merced? —se quejó, cubriéndose el rostro.
—¡Amigo, Sancho! —exclamó el hidalgo— Tenía que deshacer el encantamiento que recaía sobre tu persona.
—¡Gracias, señor, por fortuna me ha librado de ese majadero!
El caballero de la triste figura se levantó con rechinar de bisagras y, encaminándose al libro que narra sus aventuras, le dijo:
—Volvamos sin demora. Los lectores nos estarán echando de menos.