1173. EL HOMBRE DEL RELOJ
Sergio Gonzalvez | Mary Umbrella

El tiempo se ha convertido en una obsesión. Es lo único que tenemos y perdemos. ¡Menuda paradoja! Desde pequeño mi cerebro siempre ha calculado en minutos y horas. La distancia del colegio a casa andando, ocho minutos, a ritmo lento; y seis minutos veinte segundos, a paso ligero. Nunca quise mejorar mi marca, solo ajustarme al tiempo, que para mí era sinónimo de armonía. Un beso: tres segundos, que dan paso a la fase húmeda que puede prolongarse hasta diez minutos, antes de perder el conocimiento. Ir al baño, depende de la urgencia, entre tres segundos y cinco minutos. Hacer el amor, en mi caso, máximo tres minutos. Las charlas con mi amigo Mike cada vez que le rompen el corazón: tres horas, veinte minutos, cincuenta y tres segundos. Aunque desconecto en el primer minuto y siempre le digo: “tiempo al tiempo, Mike, tiempo al tiempo”.
El reloj de la estación de Paddington dio las once. Ese día tenía una importante reunión de trabajo en Oxford Circus con los patrocinadores de nuestra exposición en el British Museum: “Tiempo mágico en la Antigüedad”. Algo no cuadraba con mi reloj Pangea DayDate. El tren hizo su entrada con veintidós segundos de retraso, sobre la hora prevista. Levanté la mirada en un gesto de desaprobación. Fue entonces cuando vi una sombra dentro de la esfera: un hombre vestido con traje oscuro. ¿Qué demonios hacía ahí? ¿Era una avería? Empecé a ponerme nervioso. Odiaba perder el control sobre el paso del tiempo. Aquel individuo cogió un spray negro y redibujó las agujas del reloj, cambiando a su antojo las horas, los minutos y los segundos. ¡Estaba jugando con nuestro tiempo!
Los pasajeros comenzaron a andar al revés, el tren reculaba para salir de la estación y las personas hablaban un idioma incomprensible, como pude comprobar al hablar con una pareja de agentes.
–Buenos días, está sucediendo algo muy grave. Miren el reloj de la estación, hay un tipo que está alterando el tiempo –señalé en dirección a la fachada de hierro donde el pequeño hombrecillo nos estaba haciendo un calvo.
Los agentes miraron, con cara de no entender nada, y respondieron con lenguaje inverso:
–esecíliuqnarT, on asap adan, nos sal ecno y zeid sotunim –(Tranquilícese, no pasa nada, son las once y diez minutos) dijo uno de los agentes.
–Disculpe, ¿cómo dice? El tiempo es oro y nos lo están robando.
–¿Oro, obor? –(¿Oro, robo?) parecía despertar el interés de los policías.
De repente todo se detuvo. El hombrecillo del reloj borró las agujas y recolocó los números en su posición natural. Se deslizó por una de las manecillas como si fuera un tobogán e hizo girar la otra con todas sus fuerzas.
Mi reloj de pulsera corría la misma suerte. Desde Paddington controlaba los relojes de Londres y del mundo. Si dábamos un salto de años, moriría mucha gente, nos perderíamos besos, abrazos… Aunque, tal vez, solo quería borrar lo malo y quedarse con los buenos momentos.