744. EL HOMBRE DISTINTO
RAMÓN LLANES DOMÍNGUEZ | THARSICIO EL VIEJO

EL HOMBRE DISTINTO

Cuando le dijeron que era un gran poeta comenzó a escribir con letras muy grandes y a comer bocadillos desproporcionados; permanecía mucho tiempo de pie sin inmutarse aguantando una farola, como signo de inspiración, dormía catorce horas diarias, calzaba un cuarenta y ocho, medía casi dos metros, nunca pudo usar sombrero por el gran tamaño de su cabeza, sus manos parecían raquetas de tenis y en ocasiones se llevaba llorando tres días seguidos sin parar.
Lo seleccionaron para el equipo local de baloncesto y en el primer partido rompió las dos canastas y en el descanso se bebió veinte litros de agua sin agobio, luego hubo de tirar de la cisterna más de ocho veces para ocultar tanto orín; mentía con la misma naturalidad que andaba y al tiempo discutía la existencia de dios, el descubrimiento de América, los sueños, la necesidad de la bondad o la capacidad lumínica del sol; siempre dijo que solo tenía ocho años, que sus padres eran de cartón, que vivía en las nubes y que solo pesaba doscientos cuatro kilos. Todo eso era este elemento irrazonable hasta que en un diez de octubre le robaron la cartera donde llevaba guardados pocos euros y una caja de pastillas Juanola y de pronto se le achicó la holganza y se le notó que rehízo su vida de humano en sus perseguidas apariencias y contó que había aprobado unas oposiciones de conserje de su casa y conseguido una herencia sustanciosa; y dejó de escribir con letras grandes, de comer mucho, de mentir, de discutir y de tanto dormir; y desde entonces se hace llamar dios, resuelve crucigramas durante catorce horas al día y se ríe burlonamente de todos nosotros.

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