833. EL HORNAZO
Albert Ricolfe Morros | bohemio

Parvin me llevo a pasear por nuestro parque favorito. Una vez sentadas en el banco rodeadas de palmeras, me dijo: Aquí conocí a un chico salmantino, hace cinco años, se llamaba Lope, y, ya lo tenía completamente olvidado.

¿Qué te ha llevado a pensar en él? Creo que me hablaste de él, pero hace muchísimo tiempo. -le dije.

Mira este libro -dijo Parvin, mientras sacaba un libro de su bolso. Era un libro de recetas típicas de la provincia de Salamanca.

-No veo que conexión tiene, el chico publica un libro de recetas de cocina y, ¿lo relacionas de alguna manera? – le pregunté.

-No es exactamente el contenido, sino que el libro abre puertas inter bidimensionales en el tiempo a través de las recetas.

Mira- dijo. Y se puso a leer el libro: El hornazo es una receta tradicional salmantina; el lunes siguiente al de Pascua, las familias se reunían para pasar el día en el campo comiendo hornazo.

-No veo que conexión tiene, como puede teletransportar un libro. ¿Es una especie de libro con conjuros y hechizos, o algo así?

-Más o menos, en realidad, déjame que te explique. -Parvin prosiguió relatando toda su anécdota: Ayer estuve cocinando hornazo, me quedó delicioso. Lo puse en el horno el tiempo exacto y comprobé a conciencia todas las medidas de harina y levadura que necesitaba, no me quedó demasiado esponjoso ni duro. Lo que ocurrió es que, al probar un primer bocado, sentí que mi cuerpo no estaba presente y vi un campo y gente alrededor. De repente, me hablaban como si estuviera allí. Era otra época, creo que 1948, y yo formaba parte de esa familia. Miré mi cuerpo y la ropa que llevaba, desde luego, no me pertenecía. No pude ver mi rostro para ver si era yo o otra persona. Tengo una marca de nacimiento en una nalga con forma de renacuajo. En un intento de comprobarlo, me llevé a uno de los niños de la congregación familiar detrás de un árbol y le dije que me picaba mucho el culo y que, por favor, comprobara si tenía una picadura de insecto. Me recliné para mostrarle las nalgas, el niño observó y me dijo: -Si, tía, tienes una marca en el culo, con forma de bebé rana. Después, me eché una siesta al lado del árbol y cuando desperté estaba de nuevo en el sofá de cuadros escoceses de mi salón.

-No puedo creer lo que me estás contando, Parvin. Es de lo más extraño, por si acaso no lo vayas contando por ahí a cualquiera. Van a pensar de ti que estás como una regadera. -le dije.

Seguimos nuestro paseo dominical riéndonos de nuestras cosas. No me atreví a confesar que algo muy parecido me había pasado hace unos días. Me reconfortó escuchar su historia. Y pensar que no soy la única que está chiflada.