1553. EL INCIDENTE DE LA RISA
Ariadna Victoria Jaramillo Martínez | Comueja

Como el jardín de Teresa, pensaba Elena, pocas cosas. El gazebo de madera, las poltronas y los escabeles de mimbre, el estanquito con las tortugas. No era de extrañar que, en los cuatro años que llevaban reuniéndose a tomar el té los sábados por la tarde, no hubieran cambiado de lugar ni una sola vez.

—Me temo que dentro de poco tendremos que suspender nuestras reuniones, Elena querida. —Anuncia Teresa, que avanza de prisa hasta la puerta a recibirla, agitando las orejas como las aletas de un pez. —¡Mira nada más el tamaño de esa tripa!

Elena levanta los brazos en el aire formando una gran “U “antes de fundirse en un abrazo con su amiga del alma.

En el interior del gazebo la esperan, como cada sábado, variedad de tés e infusiones, boles de frutos secos y yogur natural, y un parrón con miel de flores.

Sobre la mesa reposan, además, dos diarios con los titulares para el sábado 24 de abril de 2032:

«Gimnasia facial: ¿Cura o fraude?», «Una década sin reír: ¿Cómo ha cambiado el mundo?»

—¿Tú te pensabas que esto iba a durar tanto? La verdad, yo no. —Se lamenta Elena, que recuerda vívidamente la mañana del 26 de abril de 2022.

En las calles, conductores y viandantes no salían del asombro al descubrirse afectados por el mismo mal: una sensación de hormigueo en los cigomáticos mayor y menor que luego se trasladaba a los labios, afectando el músculo orbicular de la boca e imposibilitando su correcto funcionamiento muscular y, por consiguiente, la capacidad de reír.

En los hospitales la situación no era distinta. Médicos y pacientes se observaban consternados unos a otros. Signos vitales y análisis normales; no había cefaleas, ni sensación de fatiga, nada. Lo nombraron sencillamente el “Incidente de la Risa”.

—Desde luego que no, Elena. Pero, como yo lo veo, solo hemos adaptado nuestra forma de expresar felicidad, candidez, incluso éxtasis. En lugar de la boca, usamos los brazos, como tú, o las orejas, como yo. ¡Una maravilla nuestra especie!

—Una maravilla, no estoy segura, Tere, pero algo tenemos. —Responde ella, levantando en el aire el reluciente parrón de miel para hacer espacio en la mesa.

Teresa se inclina para ayudarla, pero antes repara en la singular imagen que refleja la pieza más sencilla de su vajilla. Una cara ovalada de labios gruesos curvados hacia abajo, nariz y orejas que parecen derretirse la mira de vuelta, imitando sus movimientos, uno tras otro, como si se mofara. Entonces sucede.

Una risita diminuta, como el canturreo de un pájaro. Los labios se mueven apenas, pero es un hecho que ha ocurrido. Elena no tiene dudas. ¡Madre mía!

Teresa siempre tan afortunada, reflexiona, primero se gana el gordo y ahora se puede reír otra vez.

—Y de sí misma. —Añade pensativa. Quizá el pequeño Javier llegue a conocer la risa después de todo.