497. EL INDIANO
Sergio Cervera Moreno | Todopo

En la España profunda se desparramaba a lo ancho el pueblo de “Cantaros de arriba”. Sus habitantes, eran en su mayoría ceramistas que vivían de sus trabajos como habían hecho sus antepasados. Vendían sus piezas de diferentes formas y tamaños en las ferias de los pueblos. En Julio se celebraban 7 días las fiestas de San Agapito, figura venerada y milagrosa.
Tenía unos ojillos pintados extraviados y una sonrisa oblicua, que parecía unas veces regañarles y otras sonreírles cuando le llevaban a trompicones en el estandarte por las tortuosas calles sin asfaltar.
A Sebastián, “Sebas” para los suyos, le gustaban mucho las fiestas, ya que le daban un respiro para que niños y mayores se olvidaran algo de él.
Tenía las orejas enormes y disparadas al viento por lo que le apodaban “El orejones”. Su madre, mujer sentida y protectora, fue a quejarse al ayuntamiento de este hecho.
El alcalde era un “mandamás” altanero que un buen día fue a Torremolinos y se trajo, no se sabe de dónde, una francesa exuberante, que le dio tres hijas rubicundas y patilargas, que contrastaban ostentosamente con los lugareños cetrinos y toscos del pueblo.
Su madre muy devota conto sus quejas al cura, que con las manos enlazadas y mirando al cielo, la aconsejo que pidiera a San Agapito que las orejas del crio se acomodaran en su sitio. Se gasto sus escasos ahorros en velas y velones, pero el milagro no se producía, no obstante, por la noche le ponía esparadrapos, por eso de ayudar…
Pasaron los años y las orejas y el mote seguían igual.
Sebas era un fornido joven, con unos ojos perturbadores y unas prietas posaderas.
Era un verano más en las fiestas de San Agapito. La sensualidad invadía el pueblo.
Sebas cortejaba a las mozas con estudiado romanticismo y siempre con su inseparable gorra. Cortaba para ellas espigas y amapolas en un gran ramo y llevaba Chinchón y torreznos, para ver los fuegos con ellas en la frondosidad vegetal de las afueras del pueblo.
Se marcho contento al terminar la semana a explotar el negocio de los cantaros creado por su abuelo y su padre al extranjero.
Sebastián Rodríguez Gómez, volvió al cabo de los tres años rico, con un traje blanco sucio y con las orejas pegadas a su cara, gracias a la cirugía, hecho que oculto a su madre, que pensó que aunque tarde, el Santo había escuchado sus suplicas.
Sebas levanto una torre de 10 pisos con piscina, en un terreno que compro al “Búfalo”.
Puso un gran cartel anunciándolo con letras grandes y negras que decía “Orejones Residencial”. El edificio sobrepasaba a la iglesia y al ayuntamiento.
El pueblo como siempre murmuraba, ya que desde hacía unos 27 meses habían nacido varias criaturas con las orejas sorprendentemente aladas, unas en casa del alcalde y otras repartidas por el pueblo. Pero también se hablaba, reconociendo el milagro de San Agapito, Santo milagroso donde los haya.