628. EL INSPECTOR
Alfredo Elias Mondeja | '-

Nemo (Nemesio era su verdadero nombre) era Inspector de Trabajo e invidente. Lo primero por oposición y lo segundo por imposición (divina claro). Antes de la democracia no era más que un pobre ciego y gracias a las nuevas libertades (como él decía), y sobre todo gracias a la sumisión de todos a lo políticamente correcto, ahora, ya no era un pobre ciego, ahora, tan solo, era un invidente.
—Mal veo yo el futuro —me decía un día—. Y para que yo lo vea mal, imagínate… —el humor era su principal virtud.
Recuerdo el día que le conocí, la primera vez que nos vimos (bueno que yo le vi a él y él me oyó a mí), corría el año 1980 (no sé por qué en todos los relatos los años tienen el vicio de correr) y yo tenía que asistir a un arbitraje. Entré en su despacho en el momento en que encendía un cigarrillo (para, como dije, realizar el arbitraje). Detecté su ceguera por la forma en que procedió a encender el pitillo: literalmente se quemó el dedo para acertar con la llama en el cigarro. Tras varias aspiraciones del humo, dirigió su mano al cenicero, lo sostuvo y depositó en su interior la ceniza.
Estábamos de charla cuando entró en la estancia otro compañero (que nada sabía sobre su ceguera), entró fumando e inconscientemente tomó el cenicero y lo aproximó a la esquina de la mesa en la que él se encontraba, justo al extremo contrario al lugar donde lo dejara Nemo (por cierto: entonces se podía fumar, y se podían otras cosas, pero… ¡ah! debo ser políticamente correcto; hoy no hay censura —a Dios gracias— pero hay tacha de incorrecto a todo aquel que no es políticamente correcto, a sí que: mejor guardaré silencio). Por cierto: me gustan las redundancias ¿se ha notado?
Siguiendo con el relato diré que, tras unos minutos de conversación, Nemo, encendiendo un nuevo pitillo y chamuscándose de nuevo el dedo, dirigió la mano hacia dónde debía estar el cenicero, buscó, “rastreó” la mesa, palpó a un lado y a otro y tras varios segundos de infructuoso escudriñar exclamó:
—¡Joder!, como he venido hoy, es que no veo nada… —reímos con un poso de amargura o tristeza, aunque, sin lugar a dudas, Nemo, veía mas que muchos de nosotros.
En fin, aquel era y es mi amigo Nemo. Antes ciego. Hoy invidente.