463. EL INÚTIL
José Julio García González | Jujú

Era su primer día en una oficina de un ayuntamiento cualquiera. Bueno, no. Lo que pasó ese día sólo podía suceder en ese consistorio de mierda, donde el más tonto hacía botijos. Curiosamente, esa plaza estaba vacante desde hacía más de 3 años, después de 5 bajas, dos intentos de suicidio, un suicidio (sin demostrar) y un ataque al corazón fulminante (demostrado). Por ello, la alegría de Sergio, un cuarentón con look cumbayá y alternativo, pendiente de aro en la oreja izquierda, no era total.

Esa mañana empezó relativamente tranquila. Apenas unas llamadas telefónicas. Sergio tenía la honrosa tarea de fiscalizar unas ayudas municipales que recibían ciertas personas con graves necesidades económicas pues se había detectado que, por «culpa de un error humano», se estaban dando a las personas equivocadas.

Sergio solo levantó la vista del informe que estaba leyendo cuando la puerta se cerró de golpe. Segundos antes había entrado Pepe, de unos 50 años, mirada perdida, arrastrando los pies, con una carpeta azul celeste en la mano. El mismo Pepe se sobresaltó con el portazo. Al mismo tiempo, pegaba un grito y reculaba hacia la puerta al ver la cara de Sergio.

El funcionario, sin inmutarse, le invitó a acercarse, a lo que Pepe contestó que lo haría con prudencia, pues sufría de cacofobia: pavor a la gente fea. Sergio no sabía si tomárselo a broma o sentirse ofendido. Al final, optó por seguir sin perder los papeles. Los funcionarios no hacen nunca eso. No iba a ser el primero. Frío como un témpano de hielo, con las venas llenas de horchata. Ése sería él. Ya le habían advertido de los raritos que asomarían la nariz por ahí. Su objetivo era quitarle al aprovechado lo que se le había otorgado erróneamente y limpiar el nombre del ayuntamiento en el diario local.

Pero el señor Pepe no se lo iba a poner fácil. De hecho, no lo hizo desde el portazo. Directamente se sentó en el suelo, alegando que se le cargaba la espalda si estaba mucho tiempo de pie. Una de las dos sillas que había allí para los usuarios del servicio de Acción Social no era una opción para él, pues admitió a los pocos segundos que también padecía de catisofobia: pavor a las sillas… de cualquier tipo.

La cita la tenía a las 11, pero había aparecido dos horas más tarde, alegando que nunca se levantaba de la cama antes de las 12. Mientras decía esto, Pepe pasaba de sentarse en el suelo a estirarse en el suelo. Vaya, pero a la cama no le tiene fobia, le retó el funcionario Sergio. Gracias a Dios, no, les espetó el otro. Ojalá pudiera hacer cualquier actividad tumbado. Todo me supone un esfuerzo inhumano.

Y empezó a enumerar todas las fobias que padecía, por orden alfabético: acrofobia, botanofobia, catisofobia, eclesiofobia, electrofobia, erotofobia, hafefobia, mageirocofobia. Todas ellas inhabilitantes, bien documentadas en su carpeta azul celeste. Sí, no iba a renunciar a esa paga por nada del mundo.

Sergio tragó saliva.