1393. EL JARDINERO
Gemma Cañas del Olmo | Tequila Naranja y Canela

No sé si a alguien más le pasa.
El perfil de la «víctima» sería este: mujer, heterosexual y single en pandemia.
Me atrevería a decir que no importa si eres alta o baja. Rubia, morena o pelirroja. Si eres más bien fit o más bien fat. Si hablas sin pudor de tu vida sexual, o si te sientes cómoda en tu rol de mujer «liberada pero reservada».
En realidad creo que nada importa. Y que la palabra clave de todo es: soltera.
No sé si a alguien más le pasa.
Pero, a mí me han salido un montón de amigos curiosos, que se preguntan que qué hay de «lo mío» en tiempos de pandemia.
A veces la pregunta me pilla a pie cambiado. Y si no capto la sutileza y miro, con asombro y cautela, por encima de la mascarilla, me hablan con soltura de los parabienes del satisfayer.
Mola mucho cuando una amiga de siempre, casada con su novio de toda la vida, se convierte en tu «sex-coach» y te descubre mundos a los que tú ya fuiste, te empadronaste y volviste.
Claro que lo llevo peor cuando es su novio o marido el que me dice, burlonamente, eso de: «¡Qué mala época para estar soltera, coño!». Y, después de evocar a las telarañas, adereza la misiva con una risita rara, así como salida de otro cuerpo. Sobre todo cuando sé de buena tinta que sus polvos estelares ocurren con la misma frecuencia que el Cometa Halley orbita alrededor del Sol.
Pero, lo que más me cuesta es lidiar con el amigo jardinero que todas tenemos. Ese que nos invita a copas y se ofrece a curarnos la sequía. Él es muy de fardar de manguera y de depósito. Te mira el escote y se te lanza al cuello a la mínima. Porque te intuye caliente, desesperada y abierta a todo y a todos.
A veces el jardinero tiene mujer. Y cuando se lo recuerdas, te dice que él tiene para todas. Que le pinta el boli que da gusto. Y que no hay lienzo que se le resista. En el fondo tiene algo de poeta, la criatura.
No sé si también os pasa.
A mi hoy ha vuelto a pasarme. Y, después, en el semáforo, me he sorprendido cantando este cuplé:
«Tengo un jardín en mi casa,
que es la mar de rebonito.
No tengo quien me lo riegue.
Y lo tengo muy sequito.»
¡Ah! Y todos tranquilos que «lo mío» va bien!