El ladrón de las cejas depiladas
Víctor Martínez Navarro | LePalè

Votar

Acabábamos de salir del garito sin creernos del todo lo bien que había salido el bolo. Era nuestra primera vez en Málaga y en nuestras cabezas, la tierra del sol, los espetos y los pelotazos urbanísticos, se había convertido, por una noche, en la capital mundial del punk. Siempre llevaremos en el corazón a esas quince almas que nos acompañaron en la Sala Paraíso de Málaga.



Caminábamos entre abrazos y brindis de botellines por calles de cuyo nombre nadie querría acordarse, cuando le vimos. Creo que todos nos dimos cuenta, al buen rollo le quedaban apenas unos pocos segundos de vida. A nosotros, por suerte, unos cuántos más. El tipo debía medir como un metro noventa, alguno aseguró luego que rondaba los tres metros. Su cara era la de alguien que lo ha pasado muy mal o extremadamente bien en la vida. Nos paramos, porque darnos la vuelta y andar en dirección contraria hubiera sido lo inteligente, lo cual no nos pegaba para nada. Se nos puso delante y juntó dos palabras: ¿Queréis droga? Educadamente declinamos la oferta. Medio minuto después descubriríamos que habría sido más barato haberla aceptado. Vale, pues ya estáis vaciando los bolsillos y dándome todo lo que lleváis, añadió mientras sacó una pistola con delicadeza y parsimonia. Le hicimos caso.



La especialidad de Marcos nunca ha sido mirar a los ojos de las personas que le hablan. No pudo elegir peor momento para hacerlo. Al levantar la mirada, descubrió algo insólito. Algo que fue demasiado para Marcos y una breve pero indudable carcajada escapó de su boca. El ladrón metía en la mochila nuestras cosas y no pareció darse cuenta. Tío, ¿estás tonto? ¿Qué te pasa?, murmulló Ángel. Mírale la cara, contestó Marcos. Ángel levantó la vista. Contuvo como pudo la risa. La de Marcos fue más evidente. ¿Sois gilipollas o vais borrachos?, dijo el mangante. En ese momento era lo segundo, pero iba siempre acompañado de lo primero. Como no os calléis nos pega un tiro, dijo Óscar. Y Marcos tuvo que decir la frase. Esa maldita frase. Tío, miradle, es el ladrón de las cejas depiladas. La carcajada tuvo que escucharse hasta en Benalmádena.



Marcos tenía razón, esas no eran unas cejas normales. Eran las cejas más perfectas que nunca habíamos visto. Eran como una caricia. Un suspiro. La primera sonrisa de un bebé. Un cuadro de Botticelli. La fina línea del horizonte en un atardecer en la playa. Eran las Messi de las cejas. No era el ladrón que medía tres metros. No era el ladrón de aquel bolo en Málaga. Era el ladrón de las cejas depiladas.



Al final se alejó y no nos hizo nada.



Para algunos, esa experiencia habría sido la primera cita con la posibilidad de morir. Para nosotros, fue la primera y última cita con el ladrón de las cejas depiladas.